martes, 4 de abril de 2017

La famosa anécdota del mandil.

La famosa anécdota del mandil.

Un día, viendo Tito que llegaba la hora de salir camino de clase de música, no recuerdo si tenía ocho o nueve años, vio o intuyó que sus amigos se iban a jugar a las canicas, de lo que era campeón entre los coleguillas de juegos.

Con una candidez seráfica me dijo que no tenía ganas de ir a clases de música.

Justo en ese momento su madre estaba trabajando fuera de casa y yo tenía que interrumpir algunas labores del hogar para llevarlo.

-“Muy bien -le dije- es tu voluntad, así que no irás a clase de música, lo que a mí me viene de perillas, porque justo hoy tengo mucho trabajo retrasado, exámenes que corregir de mis alumnos, preparar mis clases de mañana y terminar de leer un libro. Nunca has podido elegir mejor día…”

Se le abrieron los ojos y estiró el rictus  infantil de contento.

Pero su sorpresa fue que yo comencé a desatarme el delantal que tenía puesto, interrumpí la labor de fregar los platos que estaban sin fregar desde la comida de mediodía y le dije que me sustituyera, colocándole el delantal y atándoselo a la cintura.

Fregó perfectamente dos o tres platos  lentamente y pensativo. Los dejó limpios como la patena y me llamó de pronto: 


-“Papá, lo he pensado mejor, creo que cambio de opinión. Vámonos a clase de música.”

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