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jueves, 26 de febrero de 2026

Presentación de "EL BACO"

 José Pedro Rodriguez Peña, de “AUTOCARES PEDRÍN de Astorga”, me acaba de dar una sorpresa.  Me envía un vídeo que yo no tenía ni idea de que existiera:  la presentación de mi primera novela “EL BACO”;  en Astorga en 1995


 Me dice asI: Buenos días mirando encontré esto seguro que lo tienes pero por si acaso un saludo.  


Estan digitalizado todo lo que tenia en su dia Teleno Tv  Si entras en youtube puedes  ver videos muy buenos para recordar viejos tiempos.


El vídeo es este:


https://www.youtube.com/watch?v=cuAuSIdZ3lc&t=134s



domingo, 24 de marzo de 2024

Ayer murió el pianista M. Pollini (El capítulo de Domitila y Honorino) EL BACO

 Cuando escribía mi primer libro EL  BACO,  solía hacerlo escuchando música clásica en un magnetofón con cintas en “casetes”, y no titulaba cada capítulo con números sino con la obra musical que estaba escuchando.  


El de la página 211 de la edición en papel de editorial Édinford  me llegaba al alma  el estudio de Chopin, Opus 25, Nº 12.


https://www.youtube.com/watch?v=5M2PO4f5Y7k


Recuerdo el día  en que  di por terminada la redacción y lo leí definitivo escuchando el mismo estudio y se me hizo un nudo en la garganta sin poder contener una lágrima. Eran altas horas de la madrugada que era cuando sacaba tiempo en soledad y silencio absoluto para escribir mis páginas.


Ayer murió Mauricio Pollini, el pianista que tocaba ese estudio de Chopin con maestría difícilmente igualable, al que le sigo agradecido por su gran interpretación.


He aquí el capítulo:


(F. Chopin. «Op. 25, No 12»)

Con tantos afanes durante toda la vida, Honorino el viejo nunca encontró tiempo para entretenerse con algo que no fuera la sementera, los ganados, las viñas o la huerta. Sin embargo, durante la senectud, una pregunta le asaltaba el pensamiento de vez en cuando: que por qué su cuñado le habría revelado la importancia que entrañaban los escritos, y sin embargo, su hijo, que era tan listo, nunca le había hecho caso. Se resistía a comentarlo con Domitila, no fuera a ser malinterpretado a causa de su expresión torpe. Siempre tenía a flor de labios: «Yo bien sé lo que digo, aunque no se me entienda; lo que pasa es que los labradores, fuera de la labranza no sabemos más de cien palabras, pero pensamos como si supiéramos millones; por eso, cuando callamos y sonreímos, o decimos: !Cuoño, cuoño! ¡Vaya, vaya!, no es que quedemos engañados porque seamos bubines y no nos demos cuenta de las cosas».

Determinó, después de darle muchas vueltas, llamar a su hijo a La Coruña para decirle que ya había surtido efecto el regalo que había brindado a su amigo Pablo. Cogió el teléfono la secretaria del oficial de la notaría:

—Notaría de don Honorino Acebes LLamazares, dígame.

—¡A ver! ¡No oigo bien! ¡A ver! —se azaró el viejo y levantó mucho el tono, como si estuviera llamando a viva voz, sin medio electrónico—: ¡Oye, chica, dile a Honorino que es su padre! —se calmó y respiró hondo.

El teléfono, para Honorino y Domitila, siempre fue un obstáculo al que tuvieron que enfrentarse con valentía, sacando fuerza de lo más profundo. Todavía no es capaz Domitila de abrir el fuego; ha de ser su marido el que lo descuelgue antes de que ella se quite el pañuelo a la cabeza, que le tapa los oídos, y lo repliegue alrededor del cuello. Domitila se acercaba secándose las manos con el envés de su mandil limpísimo apuntando en sus labios una sonrisilla.

—Dígame, padre —contestó el hijo—, ¿qué tal está madre?

—Aquí viene, después se pone ella —recuperaba el tono medio, hasta que quedó relajado y continuó—: ¡oye, Honorino!, no te llamo pa nada importante, sólo quería decirte que quizás te vaya a ver un catedrático de la Universidad de Granada, yo creo que me dijo. ¡Fue todo tan rápido que ya casi no me acuerdo!

—¿Y qué quería? Bueno, pero... ¿Catedrático de la Facultad de Derecho?

—¡Ay, hijo! No me digas. Verás... es que, estuvo a visitarme porque creía que yo tendría el cuadro del dios Baco y los escritos antiguos de la catedral del Vino.

—¿Y quién le ha contado tus historias? Ya te he dicho, padre, que es mejor que seas prudente y no vuelvas a contar tus historias a nadie porque corren como el viento. Ya ves, me parece que no hay quien las detenga si ya vuelven desde Andalucía.

—¡No, hijo, no! Yo no he contado nada a nadie, ya van varios años, desque tú te pusiste tan enfadado. Lo que pasa es que como le regalé el cuaderno de tu tío en paz descanse, a tu amigo Pablo... este catedrático, que irá a verte, es profesor suyo, y ve ahí... que lo habrán estao leyendo juntos.

Al viejo le temblaba la voz no tanto por viejo como por atemorizado. Domitila presagiaba tormenta al observar a su marido que miraba al infinito, tan atenta y concentrada, que repetía, nada más que con el movimiento de los labios, todas las palabras que su marido iba diciendo delante; y se le fruncía doblemente el entrecejo. Siguió el hijo

—¡Cómo mi amigo? Si lo encontramos en la carretera, y más que nada, por caridad lo recogimos. Después se marchó y ya no tuvimos ocasión de hablar más —se le notaba enojo en las cadencias. Trató de conciliar el viejo:

—¿Tú te acuerdas de que su padre es aviador?

—Y eso, ¿qué tiene que ver? —gritó el notario.

—Pues... —invadido de angustia, se aturdió el viejo— que... se ha ido a vivir a ... —No puedo entender cómo... —se alteró el hijo.

—Y ahora el cuaderno de tu tío lo tiene el catedrático.

—No puedo entender cómo se te ha podido ocurrir tal fechoría. Además, ¿cuántas veces te he dicho que ese cuaderno del tío no tiene ningún valor y tampoco lo tendrían los pergaminos si existieran? ¿Qué sabía el tío de jurisprudencia? Cómo habrá que decirte las cosas, padre. Nada, que, como tú dices: “En casa del herrero, cuchillo de palo”, ¿no? Todavía, algún día llegará en que me traigas alguna complicación seria —se enfurecía el notario—. Si me hubiera imaginado esto, hubiera quemado ese cuaderno. Ya cuando era niño, me hiciste pasar la mayor vergüenza de mi vida con el dichoso cuaderno, ¿te acuerdas? Que te lo he perdonado porque eres mi padre, pero nunca podré olvidarlo.

Honorino, sin poder expresar nada, con los ojos cubiertos de lágrimas, entendió totalmente el enigma de su hijo con respecto a todo lo referente a la bodega y evocaba con la misma minuciosidad, cuanto su hijo le relataba enojado:

—Todavía me resuenan las carcajadas de los compañeros del Instituto.

Honorino recordaba con ira desmedida aquel año en el que, cursando primero de bachillerato, fue obligado por su padre a llevarle el cuaderno al profesor de Historia del Instituto de León. Era la primera vez que alguien lo había ridiculizado en público. Entonces, en las ciudades, los niños llevaban el pantalón por encima de la rodilla, y se manifestaban como signos indelebles del origen agrario los coloretes en las mejillas, los pantalones tapando la pantorrilla y las medias, que así se llamaban a los calcetines largos con unas ligas de goma. Cuando Honorino niño, con candor infinito, presentó al profesor el cuaderno de su tío, lo ridiculizó hasta mofándose de su nombre, ya que le dijo acentuando la primera y la última sílaba: “Hón-orinó”. Todos los muchachos de la clase se rieron y lo insultaron. Aquello no era un profesor, aquello era un salvaje contra el que nadie podía; además era jefe de la O.J.E. y tenía a todo el mundo atemorizado. Honorino, en vez de arredrarse, reaccionó hacia adelante y le tomó la delantera a ese y a los demás profesores, ya que estudiaba tanto que sacó un curso brillantísimo. Siguió la conferencia:

—Llevaba puestos unos pantalones por la mitad de la pierna que ni eran cortos ni largos; a mí lo que me hubiera gustado eran los pantalones bombachos que nunca me comprasteis, y no era por falta de dinero... con unas medias de lana que tejía madre... con unas ligas de goma por encima de la rodilla. En la ciudad eran crueles con los hijos de labradores y me llamaban“cara de pueblo”. Cuando los profesores me mandaban salir al encerado a dar la lección, se burlaban de mi aspecto externo; hasta que me fui haciendo mayor, y por mis propias fuerzas me impuse totalmente, haciéndome respetar por profesores y alumnos.

A su padre no le iba a hablar de emperadores romanos, pero siempre se comparaba a sí mismo con el emperador Adriano, a quien descubrió estudiando Derecho Romano: su gran pasión de la carrera. En muchas ocasiones se le oía decir como si se tratara de una muletilla: «Al emperador Adriano, que ha sido el único gobernante de la Humanidad que ha favorecido a los pequeños labradores, es al que hay que levantarle monumentos en todas las plazas de los pueblos»; y concluía aplicándose el cuento: «Antes de suceder a Trajano, cuando todavía era cuestor, habló a los senadores con pronunciación tan campesina que se rieron de él por su fonética y por su aspecto».

Honorino el viejo, lagrimeaba abundantemente y dijo casi sin que se le entendiera:

—Perdona, hijo. Yo creo que, de eso, nadie tuvo la culpa. Ya no tengo fuerza pa escucharte.

Continuó el notario:

—Esto que te decía sería disculpable; lo que ya no era tan disculpable fue el día del cuaderno; que por eso salió este repertorio. Recuerda que me obligaste a llevarles el cuaderno a los profesores del Instituto; que yo no quería; y se rieron doblemente: de mi aspecto y del cuaderno; que se mofaron con descalificaciones como que eran fantasías de tu cuñado y “bobadinas” de mi padre. —El viejo, al oír de boca de su propio hijo el insulto que tanto padecimiento le había proporcionado, se desmoronó en sus adentros—. El que más se rió, sobre todos, fue el profesor de Historia y de Formación del Espíritu Nacional, por el que tú tenías tanta reverencia. Estabas esperando, como un idiota, a que tu hijo se hiciera grande para obligarle a hacer el ridículo con el cuaderno dichoso. —Desde aquí en adelante, solamente se le clavaron al viejo algunas palabras en su cabeza: idiota, amenazas, tortas en la cara, zurriagazos, bofetadas—... Además, aquellos profesores eran unos cafres. Yo te decía que era mejor pasar desapercibido; y tú, me amenazabas con darme unas tortas en la cara o unos zurriagazos en el culo; y como les diste permiso para pegarme, cuando podían se cebaban conmigo a bofetadas, sobre todo los profesores falangistas, que eran casi todos. Todavía recuerdo las entradas en las clases con la mano derecha extendida y el obligatorio “arriba España”.

Seguía destilando lágrimas y Domitila se encomendaba a la Virgen de su devoción. Sólo decía, suplicante, con las manos abrochadas:

—¿Qué pasa, Honorino? ¿Qué te pasa?

Honorino seguía pegado al auricular sollozando:

—Yo, todo lo que hacía, lo hacía por tu bien, para que te consideraran.

—Pues te equivocabas. Y todo esto viene, ya casi ni me acuerdo. ¡Sí! Al cuaderno del hermano de madre al que no conocí, ni me hizo falta, porque lo único que me ha proporcionado son sinsabores como este.

—Perdona, hijo. Yo no puedo seguir escuchándote. Se pone tu madre.

Al retirarse, balbuceaba temblante monosilábicamente: «yo sólo quiero morirme».

Cogió el teléfono Domitila:

—No entiendo por qué llora tu padre —se entrecortaba—; sólo de verlo, me duelen las entrañadas; que yo nunca lo vi llorar ni poco ni mucho. ¿Qué es lo que pasa?

Domitila tampoco pudo seguir hablando. Había pensado decirle al hijo que llevaba tres días tirando del cuerpo como podía, porque se sentía muy“malica”; pero no le dijo nada, ya que se olvidó de sí misma como casi todas las mujeres de aquellas tierras, que nunca se quejan. La última frase ya no pudo acabarla. Honorino, más encorvado que nunca, paseaba por el corredor de fuera. Se frotaba las orejas con ambas manos y se le cayó la boina. Con quebrada amargura decía en voz alta:

—¡Ay, lo que nos llega, después de tantos sacrificios! ¡Yo sólo quiero morirme! ¡Yo sólo quiero morirme!

Domitila se hizo la fuerte y terminó la conferencia:

—Yo creo que tu padre “ponse” malo; voy a hacerle una tila. Adiós, hijo. Aquí quedamos como dos palominos. Dale un beso a... —cuando fue a decir“Adela”, se derrumbó en su discurso y el llanto no la dejó pronunciar el nombre, que lo pronunció entre gallos laríngeos.

A las dos de la mañana, Domitila y Honorino, no habían conciliado el sueño, en silencio. No habían sido capaces de hacer nada de cena y sólo dos tazas con restos de las infusiones quedaron en el fregadero, porque Domitila no tuvo ganas de fregarlas. En contra de su costumbre, Domitila pidió a su marido que se levantara a llenar una bolsa de agua caliente: se le habían quedado, en la cama, los pies muy fríos. Honorino encendió lumbre y calentó el agua muy presto, porque dicen en los pueblos que son fatales esas primeras horas de la madrugada.

Cuando volvió a la alcoba a poner la bolsa en los pies de su adorada, la encontró muy extraña. Desde que su hijo le había regalado la sortija de las miniaturas de las vidrieras, nunca la había extraído del corazón, pero la encontró Honorino encima del mármol de la mesilla. Muy sorprendido la llamó con voz tenue: —¡Domitila!— Como no contestaba, quiso que se hubiera dormido, y colocó la bolsa de agua caliente sobre los pies fríos de Domitila muerta.

Honorino se frotaba los oídos con ambas palmas para tapar aquel terrible silencio. Pasados unos minutos se fue calmando, encendió todas las luces de la casa y se encaminó a la huerta con las almadreñas puestas para no mojarse, siguiendo el sempiterno consejo de su esposa; se acercó a la noria y se dejó deslizar entre la pared del pozo y los cangilones. Con el primer hierro se hizo daño en una mano mientras gritó con desgarrador alarido antes de terminar la caída: —¡Domitila!

A pesar de que, en esos pueblos, todos los vecinos viven al unísono, hasta la tarde siguiente nadie echó en falta al matrimonio. Tuvo que ser un pariente lejano, nieto de un primo carnal de la madre de Domitila, el que, con unas escaleras de la compañía telefónica, que siempre están arrimadas a la pared de la Iglesia, forzó la ventana de la alcoba, pues era la más accesible, y descubrió el tálamo tumulario exuberantemente iluminado. Bajó de cuatro en cuatro los escalones encerados y refulgentes, descolgó la llave, y abrió la puerta de la calle por dentro. Cuando salía, ya lo esperaba la pareja con el juez y don Alejandro, el médico. No hubo desmayos como suele acontecer en estas ocasiones, nada escasas en los pueblos; sólo un respetuoso silencio de todo el vecindario arremolinado delante de la fachada, que esperaba la segunda noticia. Los dos guardias civiles se encargaron de bajar al pozo para, con una maroma, atar y rescatar el cuerpo mojado, hinchado y retorcido de Honorino. Don Alejandro redactó el certificado de defunción de Domitila: «Tromboflebitis. Tromboembolismo pulmonar. Paro cardiaco. No presenta signo alguno de violencia». Con respecto a Honorino: «Luxaciones metacarpianas en la mano derecha. Politraumatismos cráneo-encefálicos. Neumonía por aspiración de agua dulce en ambos pulmones».

Comentó el juez:

—El pobre no aguantó ver a su esposa muerta.

Don Alejandro, proverbial y humilde añadió:

—En los pueblos, se suicida mucha gente, relativamente más que en las ciudades porque no sólo es la vida más intensa, también es más intensa la muerte. No obstante, siempre se esconde una tragedia detrás de cada suicidio, con más elementos de los que a simple vista se manifiestan. O el cura, o yo, solemos saberlos, aunque los dos, por distintos motivos guardamos secreto. En este caso yo no los sé, así que el cura llevará otro secreto a su tumba.

Don Alejandro se equivocaba, pues la única persona que sabía todos los pormenores que aceleraron el desenlace era el notario.

Mientras el silencio se salpicaba de afanosos golpes secos durante el trasiego nervioso e incesante de quienes comenzaron los preparativos funerarios, el médico salía pensando: «El amor más profundo e insondable es el de los viejos, no cabe ninguna duda…»

Cuando Adela y Honorino llegaron de La Coruña, ya habían sido amortajados; yacían sobre sendos túmulos en la misma sala de visitas donde Honorino el viejo había entregado a Pablo el cuaderno, y donde Emilio el Pimpinao había visto correr el tiempo en el infernal artilugio, el día en el que soltó una sarta de mentiras. Adela y Honorino dispusieron lo necesario para cambiarlos a la bodega, después de que dos albañiles del pueblo, en pocas horas, excavaran el panteón familiar a pocos metros de la mesa de escritorio, enfrente de la orla; trataron con el cura si cerrarla a todo uso y convertirla en el camposanto de sus padres, lo que consiguieron inmediatamente, ya que Honorino aceptó la indicación del cura de erigir un altar cristiano en la hornacina donde, con distintas interrupciones, había estado alojado El Baco a lo largo de la historia. Don Bonifacio le dijo:

—Como no va a estar abierta al culto constantemente, sino dos días en el año, el de todos los santos y el de los difuntos, a primeros de noviembre, no hace falta “lignum crucis” en el ara. Lo que sí tenemos que pensar es bajo qué advocación la encomendamos.

Honorino, a pesar de ser ilustrado, no entendía; y don Bonifacio se dio cuenta de que tenía que explicarle:

—O lo que es lo mismo: qué nombre le ponemos.

Honorino contestó sin pensarlo:

—¡La catedral del vino!

Adela pensó que su marido estaba perdiendo los estribos, lo mismo que le había sucedido a su padre.

Don Bonifacio corrigió devoto al observar el gesto de Doña Adela:

—“Basilica vini, vel sanguinis Christi”.

Como vio que doña Adela no ponía reparos siguió:

—“In memoriam sanctorum parentum Honorini et Damitilae devotione populi”.

Sin pensar posibles consecuencias, con el único afán de satisfacer al notario, como el viento se encaminó a la oficina de su parroquia para redactar una instancia dirigida a las autoridades eclesiásticas, en la que solicitaba declararla como ermita abierta al culto dos días al año.También se le ocurrió enviar a Roma, con más calma, otra solicitud de canonización para los cristianos ejemplares en sus virtudes cardinales y teologales, e insignes excelentísimos señores y bienhechores de la Iglesia: don Honorino y doña Domitila. Esto se lo propuso don Bonifacio al notario el día en que fue a obsequiarlo con un sustancioso estipendio por los servicios eclesiásticos de los funerales, una vez que habían pasado algunos días. Honorino el notario, a pesar de que no había necesitado tocar el derecho canónico desde que obtuvo matrícula de honor en segundo de carrera, sabía que la Iglesia no eleva a los altares a un suicida, por lo que, de entrada, le pareció una estupidez la intención del cura, ya que estaba dispuesto a cualquier incongruencia, con tal de agradar al único heredero de la mayor fortuna de la comarca. A pesar de todo, Honorino lo dejó que corriera por sus derroteros y le dijo:

—Muy bien, don Bonifacio. En ese aspecto no soy yo el más indicado para opinar y mucho menos para mover ni siquiera una paja, porque eran mis padres. Espiritualmente, nadie mejor que usted los conocía.

El día siguiente del levantamiento de los cadáveres, don Bonifacio improvisó un altar con la mesa en la que Honorino tanto había estudiado y celebró una misa “corpore insepulto” ante los familiares más directos y múltiples amigos de La Coruña, después de la cual se llevaron a cabo las inhumaciones.

La adjudicación de la herencia y demás aspectos burocráticos supusieron casi un trámite entre notarios. En pocos días quedó todo cerrado, con un epitafio en las sepulturas de la bodega inscrito en una losa blanca: los nombres y apellidos con fechas de nacimiento y muerte; y debajo una escueta leyenda: “Vuestros hijos, Adela y Honorino”.

viernes, 9 de septiembre de 2016

EL BACO (Cap. 71, 72, 73. 74, 75) FIN



71
Una vez hechas las copias de las fotografías, Leo y Clara corrieron en busca de cada uno de los profesores interesados en El Baco: Damián, Emilio y José Antonio Arias Markuleta. Producían viento al correr pues Leo, con su zancada larga, llevaba a Clara en volandas, cogida de la mano. A Damián lo abordaron en el seminario de Historia del instituto. Cuando llegaron con resuellos, sudando, habló Clara algo menos agitada:
—Venimos a traerte unas fotografías de los pergaminos de Astorga. Estos escritos ya no me atrevo yo a investigarlos y prefiero que los estudies tú concienzudamente; así, podrás explicarme su contenido, porque, sobre todo, de uno de ellos, no entiendo la paleografía.
Damián se sorprendió por lo intempestivo de la visita, pero aceptó las fotos de buen grado y les dijo:
—Mejor hubiera sido que me trajerais los pergaminos originales.
Quedó cortada Clara, pues en la intervención de Damián veía reproducida la interpretación del Vasco de que, o ellos dos, o Pablo tendrían los pergaminos; y Leo, muy frío, se sintió culpable de las sospechas acerca de su novia. Inequívocamente —deducía— el que se había ido de la lengua había sido el Vasco. Como encontró salida afortunada a su larga zozobra, le dieron ganas de achuchar a Clara y pedirle disculpas por haber dudado de su palabra, por lo que con decisión y firmeza echó el capote:
—Los traeremos si, de veras, son importantes; de lo contrario no merece la pena. Además yo soy el dueño —sonrió disimulando la ironía con que se disponía a seguir hablando— y como dice mi padre: hasta que no nos casemos no tendremos bienes gananciales. Como yo soy propietario de los pergaminos estando soltero, siempre serán míos porque los aportaré al matrimonio.
Jadeó Clara censurando cariñosamente:
—¡Qué tonto eres, Leo! Bueno, nos vamos, ya nos dirás lo que entresacas.
Terminó Leo como si le hubieran descansado las meninges:
—A lo mejor estas fotos dan pie para otro trabajo de Historia.
Damián las miraba expectante, sin entender ni palabra de lo escrito; solamente se asombraba de la miniatura y dándose importancia presumía de dominio:
—Por lo que veo “a vuela pájaro”, sería demasiado para un trabajo de Instituto; yo creo que puede dar para muchas tesis doctorales.
Se despedía Leo con trivial discurso:
—Bueno, pues, de momento, ahí te quedan. Danos tu número de teléfono por si las moscas... Quiero decir: por si no te localizamos en ninguna parte —no sabía cómo despedirse.
Salieron al momento con apariencia de tranquilos, pero, una vez fuera, siguieron la veloz carrera hasta el coche que Leo había usurpado a su padre sin que se enterara. Una vez puesto en marcha, entre acelerones y frenazos con los que Clara se asustaba, llegaron a la Prolongación de la Alameda, pues Emilio no estaba en el Instituto como habían comprobado. En el momento de la parada, mientras aparcaba, confesó Leo a su novia que quería verlo él solo, y que ella lo esperara en el coche hasta la vuelta.
Efectivamente, Emilio, como siempre, se encontraba estudiando en el despacho de su casa y recibió a Leo con gesto hosco que, inmediatamente, cambió por una sonrisilla al ver lo que traía. No contento, inquirió írrito y airado:
—¿Y los pergaminos? Ya sé que tú los tienes y no Pablo, pues a su amigo Honorino se lo notificó por carta. Precisamente ahora estaba dispuesto a visitarlo en el Málaga Palacio, que allí se hospeda.
Leo, que iba a preguntarle por el paradero del notario, cerró la boca y ya no dijo nada.
—Supongo que sabrás por qué Pablo se ha deshecho de los pergaminos —decía mientras, de corrido, leía aquellos garabatos como si estuviera leyendo el periódico; y le metió una puya a Leo en lo más alto, que, de momento, rebotó con fuerza:
—¡Quizá la policía pronto vuelva a interrogarte!
Leo, con gesto malagueño torció la cabeza, miró al suelo e hinchó los carrillos con las cejas levantadas. Con voz desolada, demandaba agonioso:
—¿Usted podría ayudarme?
Emilio presagió un resquicio por donde entremeterse, pues Leo había llevado el mimo a los extremos de profesional titiritero:
—Por supuesto. Incluso puedo ir a Astorga a devolverlos para que a ti no te pase nada.
Leo repasaba ápice por ápice la conducta de Emilio “el Pimpinao”, que hasta el mismo Instituto había llegado el mote; y como el profesor era prolijo en apicararse, pero no tan exquisito como el alumno, Leo veía en ella un no sé qué de avaricia que no acertaba a compendiar en su mente e imposible le sería expresarlo con palabras.
Emilio siguió diciendo mientras, leídas, soltaba las fotos, una por una, encima de la mesa con deje de desgana:
—Ahora, por más que lo intento, no te encuentro escapatoria —abrochó las manos con los pulgares hacia arriba sobre la panzuela y se tiró hacia atrás en su sillón de cuero entornando los ojos.
Leo, simulando pavor profuso, como si ya estuviera dispuesto a entregarle los originales, dejaba muerta la cabeza ladeada y los delgados brazos con sus huesudas manos, colgados de los hombros como dos plomadas. Sin concederle respuesta dejó que siguiera explayándose:
—Claro, que la pena será corta —representó magistralmente apariencia de misericorde—. Supongo que no más de seis meses de cárcel…
Al despedirse, quedaron en verse al día siguiente —propuso Leo— para que le diera tiempo a relamerse.
Cuando salió de la casa de Emilio, encontró el ascensor ocupado, por lo que bajaba escalera abajo a velocidad de vértigo, con un resbalón en cada descansillo, frenando en el quiebro después de sacar brillo a la barandilla.
Emilio, que se había citado esa tarde con el notario, canceló la visita y llamó al Vasco porque, después de examinadas las fotos de los pergaminos, sin duda alguna, Arias Didaz, su antepasado, había sido el dueño de El Baco y por lo tanto seguirían siéndolo sus descendientes, que bien claro lo decía uno de los pergaminos, que no lo había donado al monasterio de San Pedro de Montes sino que sólo lo había dejado en depósito. Esto se leía en la parte superior del pergamino escrita en leonés antiguo. Claro, que, bien mirado, en la otra parte del mismo pliego se contradecía porque también estaba perfectamente expresado, ahora ya en latín monástico, prerromance, que Arias Didaz se lo había regalado al abad y a los frailes. ¡Vaya litigio que se presentaba!
El otro pergamino, el de la miniatura, sólo tenía interés histórico-artístico pues, aparte de la miniatura contenía una especie de poema además de dos leyendas que Clara había descifrado, una en el margen inferior que dice: «Sahagún de Campos», y otra entre la pintura miniada de El Baco y las teselitas ajedrezadas, siguiendo un arco entre mozárabe y de medio punto románico, como coronándola: «SACRILEGO E DESCOMUNGADO. IN INFERNO SEA DAMNADO USQUE AD SEMPER».
Mientras llegaba el Vasco, lo fue escribiendo en un folio con la traducción al castellano actual, sinópticamente, en dos columnas, como si estuviera preparando una edición bilingüe, lo mismo que los libros de textos latinos traducidos, que estaba cansado de decirle a sus alumnos que no utilizaran en las clases.
«Como Arias Didaz e sua muller e sua filla e genro e seu fillo Arias e nora daron todos sous heredamentos de tierra de Bierzo e quanto avian en Sanct Facund al monesterio. E pintura de pagano d. Baco por a guarda eno monesterio e non seer poderosos elos monges de vender, nen de sopennorar, nen donar nen extranear».

«In era M C XXX III. Ego Arias Didaz do atque concedo et uxor mea Gelovira, et mea filia Ymblo cum viro suo Martino Petris meas hereditates, quas habeo de abiis meis vel parentibus meis ad monasterium Santi Petri de Montibus, propter remedium animas nostras vel parentibus nostris. Terras, casas, ortos, ortales pratis, pascuis, molinarias, piscarias, aquis aquorum, ligna silvatium exitus montiuum, accesum vel regressum ubi illas potueritis invenire. Et sunt ipsas hereditates in territorio bergidense. Et do et concedo. Anuit nobis namque et advenit placivilitas, ad vobis Pelagius Abba et collegium fratrum de sancto Petro de Montes donationem de hereditates nostras proprias et de uxor mea. Terras, casas cum suas parras, vineas, bodegas sub terra in loco pernomeato Sancte Facunde, et quod in illis manet, cupas, vinos, ferros, et pinctura escripta dei Baco, sacrilega et excomunicata, cum hominibus et mulieribus rogantibus, usque ad miniman petram propter nullus homo fiat excomunicatus per sacrilego culto concesione. Igitur si aliquis homo temptaverit et inrumpendum venerit vel infringere voluerit, fiat ab Aeclesia et fiat excomunicatus a fide catholica aecclesie eterna tabernacula, trucidatus et dampnatus judicio divino mereatur eternum barathrum, cum Judas Scarioth lugeat penas in eterna dampnatione.
Facta kartula testamenti die quod erit XII kalendas aprilis. Era C XXX III post milessima. Regnante Adefonsus rex in toletu et in Legione. Osmundus gratia Dei episcopus in astoricense sedis.
Quod ibi fuerunt por testes: Coram testibus: Petr, testis. Vellite, testis, Pelayo, testis. Petro Garcia, cnf. Alvaro Vermutez, cnf. Arias Didaz, cnf. Petrus qui notuit». 

Traducción:
«Cómo Arias Didaz y su mujer, su hija y yerno, y su nuera e hijo llamado Arias como su padre, dieron al monasterio toda su herencia de tierra del Bierzo. Y dieron también la pintura del pagano dios Baco sólo para que la guardaran en el monasterio, pero que los monjes no la pudieran vender, ni pignorar (dejar en prenda), ni regalar ni sacarla del monasterio».
«En la era 1133, es decir: en el año 1096, yo Arias Didaz casado con Elvira; y mi hija Ymblo casada con Martino Petris, damos y concedemos la herencia que obtuvimos de nuestros abuelos y parientes al Monasterio de San Pedro de Montes, para remedio de nuestras almas. La herencia consta de: tierras, casas, huertos, prados hortales, pastos, molinos, pesqueras, ríos y arroyos, leña de la salida de los montes y camino para poder acceder a ella. Todas estas propiedades están ubicadas en el Bierzo. Nos agradó y consentimos libremente regalaros mi herencia y la de mi esposa a vosotros, Abad Pelagio y al colegio de frailes de San Pedro de Montes: tierras, casa con parras, viñas, bodegas bajo tierra en el lugar llamado Sahagún y todo lo que contienen: cubas, vinos, hierros y también la pintura del Baco con hombres y mujeres orantes, sacrílega y excomulgada. De las bodegas, os regalo hasta la piedrecita más pequeña, para que nadie sea excomulgado por haber dado culto sacrílego. Si alguien lo intentara o quisiera infringir esto, sea expulsado de la Iglesia y sea excomulgado de la fe católica, sea matado con crueldad e inhumanidad y en el juicio final sea merecedor del eterno infierno donde van los paganos; y con Judas Iscariote se lamente de su eterno daño.
Fue hecha esta escritura el día 12 de Abril de la era 1133, siendo Alfonso rey de León y de Toledo. Osmundo, por la gracia de Dios, obispo de Astorga.
Fueron testigos: Pedro, Vellido y Pelagio. Lo confirmaron: Pedro García, Álvaro Vermúdez y Arias Didaz. Notario: Pedro».


Mientras Emilio transcribía, Clara y Leo seguían la veloz carrera en busca del Vasco para darle otra copia de las fotografías. Por más que se apresuraron, no lo encontraron por ninguna parte, pues se cruzaron con él por el camino, ya que al ser llamado por Emilio para decirle que se había hecho con la fotografía del pergamino de su herencia, dejó de corregir el montón de exámenes y tomó los ocho pergaminos que guardaba, pues, aunque no eran importantes para su provecho, quería cerciorarse de que pertenecían a la colección del mismo amanuense, comparando las idénticas características materiales con las de los pergaminos que había robado Pablo. Llegó en poco más de media hora a casa de Emilio Jiménez Sánchez, “el de la peluca”. Como el Vasco era soltero y ahora vivía solo en un apartamento de la costa, nadie pudo dar a Leo y Clara señas de dónde se encontraba. Después de cada aparcamiento, durante la enfurecida búsqueda, cerraban la portezuela del coche sin volver la cabeza para no perder tiempo, y salían a toda carrera cruzando las calles por cualquier sitio menos por los pasos de peatones.
Regresaron a Málaga, al Instituto, y ya no había nadie; sólo goteaban algunos profesores y alumnos del horario nocturno, de tal manera que su proyecto parecía tambalearse; y por ganar al tiempo la batalla se fueron más deprisa al Málaga Palacio y le dijeron a Honorino que ellos mismos habían entregado los pergaminos originales a Emilio en presencia de Damián y el Vasco, para que los devolvieran al archivo diocesano de la muy noble, leal y benemérita ciudad de Astorga; y que los avarientos profesores también querían el cuaderno de su tío, el hermano de su madre; pero que afortunadamente pudieron esconderlo en el mismo Instituto en un lugar seguro, para devolvérselo a su primitivo dueño, ya que por mandato expreso de Pablo, de llevárselo alguien, sería doña Adela y don Honorino; por lo que al infeliz notario se le escapó un «bravo muchachos» y ya no quiso cuentas con el trío. A Clara, por un momento, le dio pena de Honorino cuando perdió la compostura y sobriamente los animaba con los labios prietos y el puño vibrante. No podía creerse lo que estaba viendo con sus propios ojos: era imposible entender razonadamente que un hombre importante como el notario se manifestara como un niño. Al principio le parecían tales atrocidades lo que le estaban haciendo, que nadie con entrañas podría seguir urdiendo el enredo; pero poco a poco se fue dejando seducir por Leo, quien, después de lo que había soportado durante las investigaciones de la policía, ya no se arredraba ante nadie; y con muy pocas palabras y alguna que otra mueca le instaba a que lo siguiera pues no quedaba tiempo de darle explicaciones. Para que no hubiera dudas y hubiera varios testigos, le dijeron al notario que el día siguiente por la mañana, en el Instituto, los seis reunidos le harían entrega del cuaderno como la forma más segura de que no se lo arrebataran. Honorino sacó el pecho de mozo de pueblo y sentenciaba a los tres profesores: «Qué se habrán creído». Esa noche dormía más tranquilo habiendo confiado en los muchachos y por la mañana se dirigió al Instituto.



72
Emilio y el Vasco analizaron minuciosamente los escritos desde todos los puntos de vista: morfológico, sintáctico y semántico, y por si fuera poco, también desde la visión histórica. El Vasco sentía cosquillas por la espalda al comprobar que eran los mismos pergaminos que su padre había tenido en la maleta, aunque hubiera preferido comprobarlo en los originales y no por las fotografías. Después de tres horas de brega, Emilio Jiménez Sánchez concluía:
—¡Está clarísimo! El documento originario es el escrito en lengua latina, muy bárbara por cierto; desde «In era M C XXX III. Ego Arias Didaz...» hasta el final. Este escrito es del final del siglo XI. Exactamente del año 1096. Evidentemente, José Antonio, tú eres descendiente directo de Salb-Ben-Zait-Zamaliel que tomó el nombre de sus abuelos maternos: Arias Didata; lo que quiere decir que también eres descendiente de su antepasado, el visionario que, después de haber padecido alucinaciones, inventó nuevas creencias en la mesopotamia leonesa —quedó pensativo un momento mientras al Vasco le brillaba el alma, animado por estas palabras a pesar de que la última carta del Cascarrabias revelaba que El Baco pertenecía a la Diócesis de Astorga—; aunque, ¡vete tú a saber!: ¡yo, ya, ni creo, ni dejo de creer en nada! ¡Todo es posible! ¡La historia sólo la cuentan los que la ganan y los que pierden son olvidados para siempre! —el Vasco se desinflaba—. Las primeras líneas del pliego están escritas en lengua romance —Emilio seguía cavilando y comparando—, en leonés antiguo para ser más exacto, (1) y la tinta es mucho más nueva, pero de peor calidad que la más vieja del resto. ¡Fíjate bien en ese detalle! Además es lógico que estas primeras líneas fueran escritas años o siglos más tarde. El que escribió esto, sin duda reinterpretó lo que estaba antes escrito; lo que pasa es que no le puso fecha, y lo colocó al principio del pergamino, en el espacio que encontró libre. Al Vasco se le tornó el cosquilleo en desolación que le horadaba el cuerpo como un dolor de cabeza de páncreas, y balbuceó resignado:
—Mi padre solamente se fijó en esta noticia escrita en las primeras líneas del pliego para fundamentar que El Baco le pertenecía por herencia, porque dice con rotundidad innegable que nuestro antepasado Arias Didaz lo llevó al convento de San Pedro de Montes, no para regalárselo a los frailes, sino sólo para que se lo guardaran. Quizá no entendiera el resto por la dificultad que encierra la caligrafía pues no se corresponde con ningún canon paleográfico.
Siguió Emilio intentando inútilmente levantarle el ánimo:
—Mañana, me encargo yo de sacarles a esos chiquilicuatros los originales.
Como ya era muy tarde se despidieron hasta el día siguiente. El Vasco marchaba muy despacio, muy sereno, sin agitación interna: le lloraba la hipófisis hormonas tranquilizantes que recogía su torrente circulatorio y se inundó de sosiego.


73
Leo y Clara hacían memoria como si sus mentes fueran cocederos, pues algo les sonaba acerca del significado de la letrilla escrita en el pergamino de la miniatura y terminaron de descifrarlo totalmente:

Beved vino labriegas
Tannez tubas labriegos
Non vos lexaredes engannare
Ca si lo fizieredes
Exieredes de trebaliare.






Sin duda le recordaban estos versos al cura del verano en el archivo, pero, por más que lo intentaban, les fue imposible recordar aquel recitativo. Esperaron hasta que se hizo de noche, para llamar a todos los compañeros del viaje, por ver si alguno guardaba los apuntes, y dieron con dos chicas que los conservaban, Juana y Eva, cada una con versión diferente, como ocurre en casi todos los apuntes.
Bebed licores mozas,
dulzainas tocad mozos.
No os dejéis engañar
en este día de bodas.
Porque si lo hicierais
iríais a trabajar.
Que la novia y el novio
ya nos van a convidar.
Este se lo dictó Eva por teléfono, y en poco se diferenciaba del de Juana, porque las diferencias no afectaban al significado.
Aprovecharon la ocasión para interesarse por ella:
—¿Qué tal sigues con tus anemias? —dijo Leo mientras Clara miraba el auricular con impaciencia.
—¡Bah! Como he estado pachucha, este curso lo doy por perdido. Repetiré COU cuando vosotros estéis en “primero” —se adivinaba en su voz la sonrisa blanca.
—Yo no haría eso, todavía tienes tiempo de recuperarte.
Clara arrebató el auricular como un felino y Leo se quedó inmóvil, hierático, con los dedos extendidos, esbozando como un tonto una sonrisa ladeada.
—¿Qué tal, preciosa! Este fin de semana vamos a verte —dijo Clara complacida.
Leo quiso devolver la jugada, pero Clara asió tan fuertemente el teléfono que Leo no pudo despegarle la mano del mango y, achuchándola, metió el hocico en el micrófono:
—Iremos a verte para comunicarte nuestra boda. Voceando Clara no dejó contestar a Eva:
—¡Está como una cabra!
Alternativamente siguió la charla:
—Nos casaremos por el antiguo rito, con mucho vino para que El Baco sea testigo, y con sus ojos totales selle la boda para siempre; y diremos a todos los campesinos que toquen las tubas, las trompetas y las dulzainas con tanta potencia que se oigan en toda la península.
—¡Hoy está como una moto, pero tiene disculpa. Tenemos muchas cosas que contarte.
—Y muchas más que no se imagina Clara:


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(L. v. Beethoven. «Sonata Patética. Op. 13»)
El 20 de Abril de l983 era viernes. Clara y Leo no entraron en el Instituto aquella mañana y aguardaron a que Damián, Emilio y El Vasco se encontraran, y así, poder observarlos desde lejos para comprobar cómo reaccionaban juntos. Llegaban a intervalos cortos y después de breves cuchicheos, entró cada cual a su clase. Lo que esperaban que fuera un trance se quedó reducido a poco más que saludos rutinarios, conque de aquella estampa no pudieron inferir nada. Honorino llegó más tarde, y como los muchachos lo esperaban, le comunicaron que hasta la hora del recreo, a las diez y media, no era oportuno reunirse, con lo que se fugaron de las dos primeras clases. Leo no quiso permanecer en compañía del notario durante ese tiempo, no fuera a ser que en la conversación se distrajera y se deslizara inconvenientemente, pues había preparado con munuciosidad matemática todas y cada una de las palabras que tenía que dirigir a Emilio, a Damián, al Vasco y al mismo notario, reunidos todos juntos a la hora del recreo; por lo que sacó una disculpa y se despidieron hasta luego. El notario entró en el bar de enfrente, pidió un café y una copa de aguardiente. El camarero se extrañó y derivó en chanza:
—¿Agua ardiente? ¡Ohú! ¡Ardiente e eza que paza! ¡Qué ojazoh tiene la niña! ¡Má tranparente que el “agua cuajá”!
Efectivamente, una muchacha rubia pasaba por la acera.
Honorino no entendió absolutamente nada, como si estuviera oyendo otra lengua, por lo que el camarero, intuitivo, cambió los modos:
—¿No zabe uzté lo que e el“agua cuajá”? Po, lah meduza cuando z’entrompiezan en la playa.
Honorino, sin palabras, se sintió descortés por un momento, pues sólo entendió la palabra playa y no pudo contestarle. Siguió el camarero en su monólogo:
—Zé yo lo que e el aguardiente, hombre, claro que zí. Pero ezo mayormente ze bebe por ahí, que yo zé porque zerví en la marina, en la baze de Marín, en Vigo, pa má zeñah. Aquí, mayormente ze beben cubatah; pero no ze procupe que, ezto e mehó que el aguardiente.
Y le sirvió una copa de Larios. Honorino cogió el periódico de encima de la barra y el camarero barboteó por lo bajo a otro cliente:
—¡Qué zaborío, hiho!
Entre trago y trago, Honorino leyó y releyó el diario, pidió otro café y lo fue tomando hasta que Clara y Leo volvieron a su encuentro. Cuando Juan, el conserje, vio que entraba Honorino con los dos alumnos, murmuró:
—Ya eztamoz otra vez de feria. Ezto nunca ze acaba.
Alfonso Sierra lo miró como desdeñándolo, mientras subían los tres al seminario de Historia.
Sobre la ciudad de Málaga se cernía una luz penetrante hasta lo más recóndito de los pasillos. Desde dentro se adivinaba el fulgor de las exuberantes palmeras y de los ficus en el patio quieto. Aquella calma fue interrumpida por el timbre estridente que tocaba a recreo preconizando vocerío desmesurado. Los primeros en salir puntuales de sus clases fueron Damián, Emilio y el Vasco, quienes se reunieron entrando al seminario de Historia con Honorino, Clara y Leo.
Una vez dentro, Leo abrió el diálogo imponiéndose:
—¿Qué les han parecido los pergaminos?
En el fragor del caso, ninguno de los tres profesores reparó en que no dijera “las fotografías”. Honorino creyó verdaderamente que Damián y Emilio guardaban los pergaminos originales al observar cómo sacaban de sus carteras las fotos y las dejaban encima de la mesa. Leo se adelantó impetuoso, las tomó en sus manos y las ojeaba pasando las yemas de los dedos como queriendo comprobar sus relieves sobre la superficie brillante, y terminó diciendo:
—Sí, sí, les han quedado perfectas estas fotos. Además en estas ampliaciones a tamaño natural no hay diferencia con los originales.
Emilio, que estaba decidido a reducir a Leo con unas palabras, quedó tan asombrado que no reaccionaba y se le erizaron “los vellos” al verse acorralado por el muchacho. Ni siquiera se le ocurría contradecirlo negando que tenía los pergaminos originales. El Vasco no entendía el abobalicamiento de Emilio, por lo que se cercioraba de que el muchacho era inocente en sus dichos. Clara cruzó la mirada de reojo con Honorino, con la que forzó complicidad solapada antes de que Leo comenzara la perorata:
—Ayer, don Emilio, usted me convencía de que era mejor que usted devolviera los pergaminos originales al Obispo de Astorga, pero lo he pensado mejor. Bueno, he seguido el consejo de don Honorino —se sorprendió el notario por la salida pues no había dado ningún consejo, pero puesto que se sentía cómplice con los muchachos, asintió con su silencio—, ya que Pablo me ha encomendado que en su nombre los restituyera al mismo lugar de donde los sustrajo, porque él fue quien, por su mandato —miró al Vasco—, cometió la imprudencia de hacerle caso a usted; pero no olvide, don José Antonio, que usted se hizo responsable de lo que ocurriera en la catedral de Astorga la noche de Pedro Mato —el Vasco se puso colorado—; y Pablo no había cumplido dieciocho años. Así es que, por favor, devuélvanme los pellejos originales que les presté ayer para hacerles las fotografías —consternado el trío—; ¡les doy un día de plazo! —ante tan descomunal felonía, Damián, Emilio y el Vasco se quedaron tiesos—. Y usted, don Honorino, tenga el cuaderno de su tío —lo sacó de la camisa—, que también Pablo me dijo que lo devolviera —se abalanzó el notario sobre el cuaderno y lo tomó diciendo:
—Estoy en ejercicio y levanto acta de lo que estoy oyendo. En caso de conflicto, que resuelvan los tribunales de justicia, pero les aconsejo un pacto de silencio.
Con tal bombardeo, no reaccionaron por no haberse percatado de la insensatez de Leo: enorme insensatez, pues se le ocurrió, en aquel mismo momento, marcarles el plazo de un día sin ninguna opción disyuntiva y se entrecortaba Emilio queriendo aclarar el embrollo en el que se veía envuelto sin conseguir concatenar las frases:
—Cómo es que dices, Leo, que nos diste... ¿a quién le diste?…
En vista del titubeo, lo cortó el Vasco aplacando su ira:
—No entiendo por qué haces esto, Leo, si está muy claro que El Baco pertenece a la Iglesia…
Volvió a cortar Emilio:
—Cómo es que dices que nos diste los pergaminos originales si…
Con un gesto de la mano, trató el Vasco de quitarle la palabra:
—El Baco pertenece a la Iglesia; y yo sé dónde se encuentra, pero ya no puedo pretenderlo en vista de los escritos.
Alarmado por la aseveración del Vasco, intervino el notario:
—Con unos documentos medievales nada se demuestra en el actual estado de derecho; además, el retablo medieval de El Baco, como tantos bienes eclesiásticos, pasó en el siglo XIX, más exactamente en el año 1836, a ser propiedad de los terratenientes. —Alardeó de la prodigiosa memoria de notario—: «Serán declarados en venta, desde ahora, todos los bienes raíces de cualquiera clase que hubiesen pertenecido a las comunidades o corporaciones religiosas extinguidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la Nación por cualquier título o motivo, y también los que en adelante lo fueren desde el acto de la adjudicación».
Aturdido, acertó Damián, muy tétrico, a coger, del estante trémulo, un libro de Tuñón de Lara titulado «La España del siglo XIX», y buscaba una cita mientras pontificaba:
—El Baco es de quien en la actualidad lo tenga —hojeaba nervioso—. Aquí está:
«Comprendiéndose este estado de cosas, alcanzan su significado las del reparto de tierras, una de cuyas manifestaciones tendrá ya lugar en la provincia de Málaga en 1840...» «...El Vaticano se puso en movimiento: llovieron excomuniones y anatemas que, en verdad, no inquietaron mucho las pías conciencias de los compradores. Sabido es que el gobierno reaccionario de 1844 accedió a suspender la venta de tierras y que en 1845 se devolvieron a la Iglesia los bienes que aún no habían sido vendidos. Más tarde la cuestión volvió a plantearse en el bienio liberal de 1854-1856 (unida a la desamortización civil) y sólo se arregló en 1859 mediante el Concordato con la Santa Sede que permitió a la Iglesia amplia indemnización».
Leída la cita, concluyó Damián:
—Ni pertenece a los terratenientes ni a usted como heredero de ellos, según parece insinuar; y tampoco a la Iglesia, como tú dices , José Antonio. Aquí está bien claro —señalaba la cita con el dedo índice exhibiendo el libro—, que la Diócesis de Astorga cobraría un sustancioso precio por El
Baco, sin duda más alto que el que en su día cobraron Román González y su ayudante Caspe por pintarlo, o mejor dicho, Castrellus, como verdaderamente se llamaba.
—De todas maneras —dijo el notario—, lo mejor será un pacto de silencio.
Terminó Leo con aire triunfante:
—Nosotros nos vamos, que tenemos clase.
El notario silbaba interiormente la canción de su pueblo: «...airecillos, aires/ aires de León/ aires de mi tierra/ de mi corazón...» ¡Ya pensaría qué hacer con el cuaderno!
Emilio, Damián y el Vasco se sentían avergonzados y suspicaces, sin comprender quién había engañado a quién; y con caras de asombro se dieron la mano impulsados mecánicamente; y se despidieron sin mirarse de frente. Únicamente a Damián se le escapó una miradilla de reojo.
Leo entraba en su clase de “COU Ge”; y cuando Clara abría la puerta del suyo, que era el “COU Hache”, sólo tuvo dos palabras mirando a Leo:
—¡Eres el tío más genial del mundo!
—Cuando salgamos de la última clase, le escribiremos a Pablo para contarle todo —dijo Leo.


75
Terminóse de escribir esta novela en el día doce de marzo de mil novecientos noventa y tres, diez años más tarde de que acontecieran los hechos narrados, cuando Leonardo Gómez López, familiarmente, todavía Leo, era un eminente ingeniero; y, sin embargo, Pablo terminó siendo piloto como su padre.
Clara, desde hace dos años, es profesora agregada de Institutos Nacionales de Bachillerato con la oposición de Historia ganada.Leo y Clara no llegaron a casarse; como dicen ellos mismos: «por esas circunstancias de la vida».
Eva se casó con un industrial madrileño. Tiene dos niñas preciosas, fieles retratos de su madre.
José Antonio Arias Markuleta, el curso siguiente marchó para América y es profesor de una universidad de los Jesuitas.
De Honorino, el notario, no se ha vuelto a saber nada.
Emilio se examinó de la última oposición de acceso libre y es profesor universitario.
Damián pasó el acceso a Cátedras de Institutos y ejerce en un Instituto de un pueblo. Todavía no ha podido volver a Málaga: un poco más sensato porque es más viejo. A sus compañeros, que no salieron de la ciudad para no ocupar una cátedra en un Instituto de pueblo, les será concedida la condición de catedráticos, lo cual no deja de ser una injusticia por agravio comparativo.
Leo y Clara mantuvieron en secreto la ubicación de El Baco hasta este último año, en que Clara coincidió de compañera con su antiguo profesor de Lengua Española, al que le había interesado mucho la historia de El Baco, pero, al mismo tiempo, se había mantenido al margen por respetar la propiedad ajena. Comentando y recordando, le reveló el lugar exacto donde se encontraba el retablo románico y le regaló las fotografías de los pergaminos con dedicatoria por detrás de las mismas. 



El profesor de Lengua Española, compañero de Clara, con el camino expedito, sin ninguna traba, se maravilló de la realidad de los hechos y para dar fe se hizo retratar con el retablo en Matallana de Valmadrigal a muy pocas leguas de los ríos Esla y Cea, cerca de Sant Facund (Sahagún de Campos) donde hombres y mujeres, bajo tierra, en las bodegas, veneraron al dios DIONISOS, BACO.




EL BACO, DETALLE: «ROSTRO Y VINO». EL ORO DEL TRONO SE ENCUENTRA MUY DETERIORADO. 



EL BACO, DETALLE: «LAS MUGIERES»





EL BACO, DETALLE: «LOS OMES»


FIN