Este pergamino es falso de toda falsedad. No hay más que analizarlo y no hay duda. Es tan falso como las ostracas de Iruña Veleia, con las que alguien quiso demostrar que el idioma vasco ya estaba formado en los primeros siglos de nuestra era.
Recopilaba yo fotografías de códices antiguos con los que redactar mi novela “El enigma de Baphomet”, y encontré un escrito del siglo XIII, al que, en un principio, no le di importancia, pues nada añadía a lo que yo buscaba acerca de los templarios.
Después de varios años, he vuelto sobre la fotografía de aquel escrito. Tendría que retroceder sobre mis pasos rebuscando entre las migajas del camino recorrido por archivos catedralicios, para dar de nuevo con el documento original. Quizá en Burgos, quizá en Lerma o en alguna sacristía de un monasterio del antiguo Reino de Navarra, lo cierto es que se me quedó olvidado entre la ingente cantidad de legajos sin clasificar ni estudiar en los distintos baúles y estanterías de las que tanto polvo sacudí en mis investigaciones.
He transcrito, con dificultad, en un castellano del siglo XIII impecable. Y lo he traducido a castellano actual. Dice así el pergamino:
“Nos acompañaba el presbítero Benigno, emisario del obispo Mauricio, quien había vuelto hacía pocos lustros de la tierra de Nuestro Señor Jesucristo, no para realizar trabajos serviles, ya que no se manchó el hábito ni un solo día, sino para traducir, para entender a los canteros, levantadores de piedras, arrastradores de piedras, pedreros; y trasladarnos sus pensamientos. Estos pedreros y canteros estaban preparados para comenzar las obras de nuestra santa iglesia. Habían llegado días antes desde Sicilia, pero venían de más lejos huyendo de sus enemigos como tantos otros que ya construían, como artesanos sutiles de la piedra, muchas otras catedrales en todos los reinos. Habían llegado por cientos a las costas de Francia, a los puertos franceses de Marselia y de La Ópida, y muchos de ellos con sus mujeres y con sus hijos. Muchos de ellos fueron bienvenidos a la corte de Fernán González. Eran afables y muy cristianos, muy devotos de la Virgen María, de San Bartolomé y San Tadeo, apóstoles de Jesucristo. Su hablar era endemoniado, parecía que ladraban en silencio cuando hablaban entre ellos. Pero sus piernas y brazos eran fuertes como las mismas rocas, de tantas piedras como habían subido a sus hombros potentes para colocarlas en los muros y fabricar los monasterios e iglesias, moradas del Señor de los ejércitos”.
Me lancé sobre este escrito con pasión y lo analicé con lupa, pues de otra manera dice que en los siglos X, XI, XII y XIII de nuestra era, —antes de ayer, hablando en términos de la historia de una lengua—vinieron a Francia desde el lago Sevan, cerca del mar Caspio, oleadas de armenios a construir las más de dos mil edificaciones religiosas, catedrales y monasterios, por la pujanza y riqueza que había adquirido en Europa el poder eclesiástico.
Traté de documentarme sobre la historia de Armenia y sus apóstoles evangelizadores Tadeo y Bartolomé, quienes, años antes que San Pedro emprendiera su largo viaje a Roma ya ellos dos habían evangelizado las mesetas de Karahundg en Armenia. No es de extrañar que “El Libro de los Hechos de los Apóstoles” atribuya a un milagro del cielo, aprender, desde el arameo materno, aquellas lenguas caucásicas tan intrincadas y difíciles, a puro machetazo, sin libros de gramática ni pedagogía en el aprendizaje de idiomas.

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