domingo, 22 de febrero de 2026

El DEDAL DE STALIN, (Deditatorias y prólogos)

 A Domi del Postigo, periodista y presidente del Consejo Audiovisual de Andalucía, porque sin su colaboración no hubiera sido posible escribir este libro.  


A Carmen, que no había nacido cuando dediqué mis primeros libros a Charo, hijos y nietos.

 A mis exalumnos de los institutos Fray Luis de León y Mateo Hernández, de Salamanca; Cardenal Pardo Tavera, de Toro (Zamora); León Felipe, de Benavente (Zamora); Salvador Rueda y Emilio Prados, de Málaga; y opositores en la Academia IPAO, Málaga



PRÓLOGO DE LA EDITORIAL


El estilo de Castrillo, con su mezcla de oralidad y erudición, se me antoja único. A ratos parece que estamos escuchando a un profesor en una sobremesa, con el café en la mano, que de pronto se pone en pie para trazar un mapa imaginario en la pared. Su indignación ante la desmemoria institucional y su ironía frente a la Real Academia Española dan al libro un tono combativo. Pero también hay momentos de lirismo, como cuando compara las palabras con guijarros de un arroyo antiguo. En definitiva, estamos ante una obra inclasificable y estimulante, escrita por un autor que se toma en serio la etimología como ventana a la historia y que contagia al lector su entusiasmo por el viaje que toda palabra encierra.

Con la soltura propia de quien ha pasado décadas leyendo y enseñando, Jesús García Castrillo se lanza en este libro a rescatar palabras y a iluminar rutas olvidadas. Lo que comienza como una travesura en un aula de instituto –un alumno que pregunta cuándo se “jodió” el mundo y un profesor que habla de la etimología de zapato y galocha– se convierte, ante nuestros ojos, en una investigación literaria que serpentea por archivos, sueña con canteros caucásicos y discute con académicos. La obra se plantea como un diálogo que va de lo anecdótico a lo universal: el origen de un vocablo sirve de lente para revisar la historia de Europa, del Cáucaso y del Mediterráneo. El autor recuerda que las palabras no son meros signos; son fósiles que conservan las capas de tiempo y desplazamiento de quienes las han transportado.


Leyendo a Castrillo, uno tiene la impresión de asistir a una excavación arqueológica en la que, en lugar de huesos, se desentierran sílabas. Su tesis central, audaz en su formulación, toma el relevo de las investigaciones de  insignes lingüistas alemanes e ingleses del siglo XIX:  que Europa nunca fue una isla cultural, que el euskera y el castellano absorbieron léxico del armenio y de otras lenguas caucásicas, a lo que añade que fue gracias a la llegada de canteros asiáticos con los templarios en la Édad Media. La narrativa lo convierte en aventura: aparece un cantero soñador que explica que sapat o sabatá se convirtieron en zapato, y que fueron las rutas medievales y el comercio los que llevaron esos sonidos al euskera, lengua periférica que actuó como puente para transportar la claridad de nuestras cinco vocales. Castrillo cuestiona la comodidad de las etimologías académicas y reivindica la contaminación lingüística como motor de la historia.


El libro está escrito en esa frontera fascinante entre ensayo y ficción. Como Umberto Eco en El péndulo de Foucault. Castrillo convierte su erudición en materia narrativa. El tono es ligero, con bromas y giros coloquiales, pero el fondo es serio: cada palabra investigada se conecta con conquistas, persecuciones, genocidios y diásporas. Los templarios, los zapateros uraloaltaicos y los canteros armenios aparecen como si fueran personajes de novela. Por eso, las investigaciones fonológicas, fonéticas, gramaticales y semánticas  las hace de fácil lectura y asequibles a todo el espectro de lectores. Al lector se le invita a desplegar mapas, como el muchacho de la historia, y a trazar flechas que unen Armenia con Navarra, Marsella con Zaragoza y el mar Caspio con Álava.


El alumno, con el que conversa Castrillo a lo largo de todo el libro, el periodista Domi del Postigo, se deja llevar por la seducción de sus hipótesis. La idea de una conexión caucásicovasca no cuenta aún con respaldo académico absoluto por razones extralingüísticas. Algunas asociaciones que propone tienen tanto valor poético como científico. La belleza del libro reside precisamente en esa audacia: es un ensayo que rehúye el árido tono doctoral nutrido de transcripciones fonéticas y apuesta por el placer de la lectura. En tiempos en que las humanidades se ven obligadas a justificarse, obras como esta recuerdan que la lingüística puede ser apasionante y que la historia de una palabra puede sacudir nuestras certezas.


Entre el lenguaje cercano o irónico, la belleza de la prosa, y la seriedad de un investigador de raza, fluye latente, con la  fuerza simbólica del dedal de Stalin, toda una teoría científico-lingüística: “La lengua eusquera no se formó hace miles de años sino hace diez siglos, en nuestra Edad Media”



Bohodón Ediciones




                                       PROEMIO


Este libro, El dedal de Stalin, nació en el año 1978 por un consejo de mi profesor José Luis Pensado Tomé, catedrático de la Universidad de Salamanca, para seguir investigando lo que comenzaron hace ya más de cien años Heinrich Hübschmann, Ernst Mario Schuchardt, Joseph Karst, y Edward Spencer Dodgson. Alo largo de estos años he descubierto que en las palabras antiguas habita la memoria más profunda de los pueblos. No la que se guarda en los archivos o en las crónicas, sino aquella que viaja en los sonidos, en los nombres y en los oficios. Cada capítulo de esta obra es una búsqueda de esas raíces que cruzan continentes y siglos, donde oscuras lenguas de cuando la piel de toro era una selva, las lenguas del Cáucaso y el latín de los soldados romanos primero y de los monjes después, se entrelazan en una red de migraciones, templos y piedras grabadas.


Cuando ya había registrado el libro en el Registro de la Propiedad Intelectual, por correo electrónico me llegó el enlace para ver la conferencia del eminente filólogo euskaldún, catedrático de la Universidad del País Vasco y Alcalá de Henares, Jon Juaristi, pronunciada en Madrid, del día 14 de Octubre de 2025, titulada:“El eusquera: teorías sobre su origen y su relación con el español”.

Comienza con una anécdota de su compañero y amigo Luis Michelena, el unificador del Euskera Batúa, paseando por San Sebastián con Mariner y otros eminentes lingüistas, cuando  vieron un letrero con la siguiente pancarta.

EUSKAL LIBURU ETA DISKA AZOKA

Uno de ellos le dijo con perplejidad a Michelena: Esta lengua que tenéis vosotros es rarísima, no hay quien la entienda, es un galimatías…

Entonces Michelena le contestó: Hombre, siendo tú un lingüista que conoces el latín, el griego, el indoeuropeo… deberías entenderlo, porque todas las palabras, excepto la primera, son latinas; incluso, te voy a decir más, esa primera seguro que la entiendes sin problema, EUSKAL, porque estás acostumbrado a oírla, que quiere decir “vasco”. Sin embargo nadie sabe con certeza su etimología.


(Y ahora añado yo, complementando  la intervención de Jon Juaristi: tampoco sabemos las etimologías de palabras como perro, burro, zorro, zurda, morro, barro, jarro, gorro, zarza, zurra… Todos las conocemos y las utilizamos, pero tampoco sabe nadie su origen, porque sus rastros se pierden en la antigüedad  prehistórica de nuestro idioma español).


Siguió el conferenciante:

LIBURU se entiende porque es igual que en castellano libro. Es la palabra latina librum.

ETA es la  conjunción copulativa latina et. Se conserva en vasco casi íntegra.

DISKA es la misma palabra latina discum  que, en la evolución de la lengua, da en francés  disque, y en español  disco,  y es una palabra que asimila el vasco recientemente.

AZOKA:  ya no es latina sino árabe al-suq,  que la toman el eusquera y el castellano zoco, significando  mercado, feria.

La única perplejidad, si acaso, es la organización sintáctica, que al pie de la letra sería:

VASCO LIBRO Y DISCO MERCADO

No creo que sea  tanto galimatías  pues fácilmente se traduce mentalmente por :

El mercado , —o la feria— del libro y del disco vascos.


El conferenciante se extendió con otras palabras como: 

GURUTZE, que es la misma palabra latina  crucem,  en castellano cruz.

Michelena sostenía  que el Cristianismo no entró en el pueblo vasco hasta bien entrada la Edad Media, y por lo tanto la palabra  crucem la deformaron en la pronunciación de los valles vascos: gururze, la Cruz por excelencia.


Si yo hubiera estado en la conferencia, en el coloquio final hubiera levantado la mano para  comentar algunas palabras del eusquera exactamente iguales que en idiomas asiáticos del Cáucaso, como  GARI,  que  en lenguas tan lejanas  y apartadas significa, trigo en eusquera y cebada en armenio, como tantos cientos de palabras iguales unas y otras muy parecidas.

También le hubiera preguntado si el euskara no será el resultado de una mezcla de varias lenguas.

a) Sobre todo, del latín vulgar y de las lenguas romances, incluso algunas palabras tomadas del árabe.

b) Lenguas caucásico-kartvelianas, sobre todo del armenio y también del georgiano.

c) Ignotas lenguas prerromanas, de las que quedan restos como en otras lenguas peninsulares si bien con sedimentos más numerosos.


Con un lenguaje lo más cercano posible he intentado, con la fuerza simbólica  del dedal de Stalin a lo largo de este ensayo, acercar a los lectores mi hipótesis: “La lengua eusquera no se formó hace miles de años sino hace diez siglos, en nuestra Edad Media”


La etimología, en este contexto, no es solo un ejercicio lingüístico, sino un modo de mirar la historia. Cada vocablo se convierte en una ventana que deja entrever las rutas del comercio medieval, las huellas del monacato oriental en la península ibérica, o las persistencias del alma caucásica en el habla vasca. El libro transita entre la filología y la narración, entre la ciencia del lenguaje y la memoria imaginada, buscando un hilo común: la unidad del mundo a través de sus palabras.


Lejos de proponer una tesis cerrada, invito al lector a acompañarnos,  a mi antiguo alumno y a mí, en el diálogo que trata de combinar el rigor filológico con la curiosidad poética. La hipótesis desmenuzada como teselas de un gran mosaico se expone como caminos posibles; los argumentos se abren al contraste, y las palabras —esas humildes teselas del pensamiento— revelan su poder para reconstruir lo que el tiempo ha dispersado.


También invito al lector a adentrarse en estas páginas sin prejuicio y con curiosidad. Tal vez descubra que la lengua es, además del instrumento de comunicación por antonomasia, un espejo donde los pueblos se reconocen, y que hasta en un dedal —incluso en el de Stalin— puede caber una historia entera.


                                                         Jesús García Castrillo







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