lunes, 15 de agosto de 2016

Catástrofe arqueológica en Astorga

Por aquellos años del final de la Dictadura, aquí, a no más de cien metros del lugar donde Concha Espina  escribió “La esfinge maragata”, llegué desde Salamanca y me encontré con que el edificio que de niño había sido el colegio de “Las Escolapias” había sido demolido y un camión-grúa inmenso entraba en el solar vacío.
Intenté entrar para ver la excavación. Sin duda, debería de haber mosaicos romanos, monedas, vasijas, y por qué no, quizá alguna efigie escultórica. Habían construido una empalizada de madera. Después de recorrerla buscando un resquicio por donde  observar lo que estaban haciendo desistí pues no habían dejado ni una minúscula rendija. Intenté hablar con el arquitecto o por lo menos con el encargado de la obra, y se me negó tajantemente. Desde la ventana donde había pasado anoche observé cómo una retro-excavadora de cadenas inmensas pulverizaba lo excavado y lo cargaba en un camión grande. Supuse que lo estaba llevando a algún lugar para buscar restos valiosos para los museos.  Al día siguiente, antes de que entraran máquinas en la obra saqué esta foto.


Creo que que era el año 1973, pero no estoy seguro. Es fácil de documentar este dato en el Ayuntamiento.
Ante la impotencia, anduve pensando qué hacer durante horas, y no se me ocurrió otra cosa que acudir a hablar con el Alcalde.  Llegué al Ayuntamiento y una señorita me dijo que el Sr. Alcalde no se encontraba disponible pues estaba ausente. Le expliqué que  creía que estaban pulverizando un yacimiento romano importante del que ya habían retirado gran parte, que todavía se podían observar algo así como unas murallas de cimientos, Y que tendrían que controlar el destino de todo el material que sustraían. Entonces yo había oído decir que debajo del complejo Tagarro, también había restos romanos de los que ninguna autoridad se hizo cargo cuando hacía ya varios años se habían realizados las obras de toda la manzana. cine, cafetería, la cantina-mesón, y la “boite de noite” , que así le llamábamos los más jovenzuelos, con las primeras luces psicodélicas que hubo en Astorga, subterránea con bajada estrecha, justo debajo del proyectil napoleónico incrustado el el alero del ábside de la Iglesia de San Julián. Busqué por todas partes un carrete para mi máquina de fotos ya que no pude encontrar una máquina con teleobjetivo, que hubiera sido lo suyo. Claro que las había en la tienda pero yo no disponía de dinero como para comprar otra máquina. Estuve esperando a ver si llegaban las autoridades municipales pero me cansé de esperar sin que apareciera nadie. 

Horas más tarde observé cómo grandes máquinas siguieron excavando hasta descubrir lo que quedaba de la muralla que supuse que serían los cimientos de una importante construcción romana.

Salí a casa de una amigo, Santos Álvarez Fernandez a preguntarle si había llegado a Astorga su hermano Manuel, que entonces ya era uno de los ilustres intelectuales astorganos, para ver si entre los dos pergeñábamos alguna actuación inminente. Pero Manuel no había llegado a Astorga por aquellas fechas. Me vi solo. Me vi solo ante una administración absoluta y displicente. Años más tarde se me hubiera ocurrido acudir a Augusto Quintana Prieto o a don Bernardo Velado Graña insignes intelectuales astorganos, pero como eran curas no se me ocurrió en aquel entonces. Sólo se me ocurría acudir a Luis Alonso Luego, pero tampoco se encontraba en Astorga. Pasaban las horas y las infernales máquinas trituraban lo que encontraban a su paso. Ya sólo me quedaba sacar las últimas fotos que guardé con tanto celo que después de nueve traslados de domicilio con cajas de libros y otros enseres de ciudad en ciudad a lo largo de España creía perdidas para siempre. Cual no sería mi sorpresa que  ayer, rebuscando entre cajas y otros trastos del sótano encontré las diapositivas en perfecto estado dentro de una cajita de plástico. Y aquí las muestro para que quede constancia de tal fechoría cultural e histórica de la ciudad que me vio nacer y en cuyo cementerio yacen los restos de mis padres.




Por lo menos ha quedado un recuerdo romano en el nombre de ese restaurante de la calle Santiago. 



A la calle Santiago, los astorganos de "pedigree del siglo XX" siempre le llamamos la "Calle de Charo Vega". Otros muy anteriores a nosotros le llamaron "Caleya Yerma".


Yo creo que estas termas son las que describe Martín al principio del siglo XIV, en "El enigma de Baphomet"  ( capítulos 42 y 43) (Además, por un pozo se baja a una estancia con baños de agua caliente iluminados con candiles de cera. Los baños más lujosos de todo el reino.

 43
En el baño intenté relajarme, ya que hasta llegar al pozo de las termas, me movía mecánicamente, como sonámbulo. Las termas eran como las de Constantinopla pero en pequeño. Quedé limpio y con ropa nueva para cenar en la cantina. Me sirvieron caldo de berzas con chorizo. Me sentía satisfecho, pero, al pensar en que tenía que matar a Rechivaldo volvía a ponerme malo como en el barco. No pude terminar el cuenco y me venían bocanadas de huevos crudos)




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42
Llegué al monasterio de San Pedro bien entrada la noche. La antorcha apenas lucía. Seguía la misma costumbre de dejar agotar la grasa hasta que se acabara. Di una vuelta rodeando el monasterio y reinaba el silencio. No se veía nada. Los frailes dormían el sueño más largo entre completas y maitines. Tenía que esperar al día siguiente para preguntar a Roderico si había ido Gelvira por el monasterio y dónde podía encontrarse. Mejor sería que no me viera ningún conocido.
En el valle no podía fiarme de nadie a quien preguntar nada. No podía dejarme ver ni siquiera por gente extraña.
Llegué a las puertas del convento a comprobar si Roderico seguía de portero y todavía podía pillarlo comprobando los cerrojos antes de subir a la celda, pero los cerrojos estaban echados.
La cabeza me daba vueltas y el corazón se me agolpaba contra las costillas. Parecía que estaba inmerso en un sueño en el que, por más fuerza que hacía, no podía seguir caminando.
Oí a Blanco que me llamaba con insistentes relinchos, a lo lejos, donde lo había atado. No debía de gustarle la noche tan oscura y nublada con algo de llovizna.
Sentí frío y subí a dormir a la cabaña. Inocente de mí, había pensado que la iba a encontrar igual que la dejé hacía ya muchos meses, antes de salir con los peregrinos germánicos. La mitad del techo estaba derrumbada y las piedras de la pared norte amontonadas entre los palos. Apenas me hice un sitio para pasar la noche a cubierto. Tenía hambre. Estuve buscando acederas pero no encontré ninguna. No se veía nada y las hierbas que arrancaba no eran comestibles. Le dije a Blanco que se echara conmigo para darme calor y me acurruqué a su lado. Las tripas me rugían por haber comido poco esos días.
Estuve pensando bajar al molino por la mañana, antes de ver a Roderico. Si a Gelvira la habían visto por el valle ¿dónde mejor que en el molino podía encontrarla? Pensé que hubiera sido mejor haber ido a buscarla al molino directamente y no haber perdido el tiempo, pero nunca había estado tan atolondrado, de tal manera que no pensaba ligero con la normalidad de siempre.
No supe por qué, viéndome allí arriba con Blanco, a pesar de tener ya a Gelvira tan cerca y a unas horas de unirme con ella para siempre, no sólo me saltaron las lágrimas sino que lloré en alto aflojando los músculos, con una sensación de sentirme atado fuertemente con sogas todo el cuerpo y, de pronto, que se hubieran soltado.
Blanco me miraba sorprendido.
Durante la mañana bajamos al molino entre los árboles del valle. Después de atar fuertemente el fardel del oro a la montura, dejé bien apartado a Blanco para que la sorpresa fuera más fuerte al verme sólo a mí, de repente y sin caballo. Cuando miré el corredor de arriba, apareció Gelvira terminando de tender ropa lavada y se metió para dentro.
Al intentar llamarla, se me paralizó la garganta, me quedé sin habla como si me hubieran rodeado quinientos lobos en el monte.
Salté la tapia, crucé la huerta y rodeé la casa para llamar a la puerta. Cuando iba a dar una palmada en una duela, vi que la puerta estaba arrimada.
Sentía estertores de angustia en un momento en el que me invadió la cabeza un pensamiento: no me había fijado en qué ropa colgaba de las cuerdas y pensé volver a la huerta para comprobar que no había en el tendal ropa de hombre.
Sentía la cabeza como si sudara sangre igual que Jesucristo en el Calvario. No quise volver por si acaso era cierto. Tenía que verla a ella primero. ¡Cuánto tiempo sin ella, y a cuánta distancia!
Recordé en ese momento, en que se me atropellaban millones de pensamientos, lo que había sentenciado el capitán del barco de Ostia cuando le dije que no había visto a mi esposa desde hacía mucho tiempo y que estaba muy lejos: “Los grandes amores son fieles y eternos —me decía—, si se han fraguado durante mucho tiempo y en la distancia”.
Cuando empujaba la puerta sentía un amor inconmensurable y la recordé de niña en Valimbre, de moza en Astorga y de amante y esposa en el mismo molino en que nos encontrábamos.
La muela estaba parada y el agua de la moldera no golpeaba las aletas. Sólo el ruido del torbellino del agua por debajo del entarimado. El farnal estaba tan limpio que, de tanto haberlo fregado, sobresalían las vetas de la madera.
Ni una mota de harina por ninguna parte. En la viga, suspendida formando bucles ondulantes, la misma soga con la que el molinero había colgado a Gelvira; y en el vasar del fondo...¡Me restregué los ojos para que no fuera cierto! ¡No era posible! Un montón de pergaminos. Me acerqué a tocarlos: ¡Los pergaminos de Rechivaldo, y, al lado, la alforja con las mismas monedas de oro del Temple que había usurpado!.
De momento, me quedé paralizado pero reaccioné, de pronto, como una loba a la que le quitan la cría, subiendo las escaleras de dos en dos escalones.
Al oír mis pasos, salió Gelvira asustada al vestíbulo; y al verme subir, gritó rechazándome con un alarido y enseñándome los dedos como si fueran garras cruzando los brazos tensos.
Me puse loco de furia, me abalancé sobre ella y, como seguía rechazándome, saqué las dagas y la cosí a cuchilladas por todo el cuerpo sin reparar dónde se las clavaba.
Le dije:
—¿Por qué lo has hecho? ¿Olvidaste tu promesa?
Regueros de sangre inundaban el suelo mientras agonizaba entre mis brazos.
Abrió los ojos al oírme y me dijo:
—¿Qué he hecho? No he olvidado nunca ninguna de mis promesas.
Y se le cayó la cabeza muerta.
Me hizo dudar de mí mismo y me aumentó la locura. Volví a los pergaminos y a las monedas de Rechivaldo, por si me había equivocado.
No me había equivocado. Eran los escritos que nos habían hecho falta para demostrar ante los tribunales que los templarios estábamos perseguidos a muerte por calumnias, y las monedas de oro macizo del tesoro del Temple.
Subí las escaleras y, al verla muerta, tan bella, una fuerza interior me impulsó a colgarme de la soga al haberla imaginado haciendo el amor con Rechivaldo.
Le hice un nudo corredizo subido a la tarima, al lado de la tolva y de las muelas para dejarme caer al vacío. Cuando estaba colocándola en el cuello, oí un llanto. De momento creía que era Gelvira que no habría muerto. Subí, de nuevo, corriendo al vestíbulo donde yacía. Un niño que apenas andaba, intentaba despertar a su madre llamándola con las dos manitas sobre la cara muerta. Intentaba inútilmente abrirle un ojo:
—¡Mamá...! ¡Mamá...! —con llanto desconsolado.
Preferí que siempre tuviera grabado el recuerdo de su madre dormida y lo cogí en brazos, cerré ventanas por dentro y, por fuera cerré la puerta con la llave. Salí corriendo a buscar a Blanco rodeando las tapias por el río.
A galope llegué a las cuadras del monasterio y me dirigí al gallinero donde también había unas jaulas de conejos, para que el niño se entretuviera sin llorar mientras llegara el fraile a darle de comer a las gallinas. Allí seguro que lo encontrarían.
De momento quedó tranquilo señalando con el dedito a los animales y aglutinando los morritos mientras yo comía un huevo que cogí de un nido. Una gallina se elevó para poner otro y cuando se lo fui a coger salió cacareando despavorida en vuelo raso y esparciendo por la cuadra una polvareda que hizo toser al niño lleno de lágrimas y mocos. Al salir corriendo desde la cuadra, vi que por la puerta salía un hombre calvo y rubio que parecía alarmado y junto a él había otro hombre. ¡Era Roderico! ¡Seguía en el monasterio! Él no me reconoció porque no me llamó por mi nombre, y gracias a Dios no dio la voz de alarma. El niño, de momento, quedaría a buen recaudo cuando Roderico lo encontrara allí.
Blanco me esperaba suelto, impaciente al verme tan agitado arrastrando mi cojera. Casi se me caen los tres huevos que llevaba en una mano y tuve que arreglármelas para saltar la tapia engarriando sólo con la otra mano. Oí que el niño dejaba de llorar. Seguro que Roderico ya lo había visto mientras el pobrín se restregaba los ojitos.
Salí galopando hacia las murias de Martín Agostedo.
Ya no me importaba nada y estaba dispuesto a morir matando a quien se interpusiera en mi camino, por lo que tomé la senda más recta.
Antes de la mitad del camino, Blanco se quejaba de una pata. Intentaba mirarme moviendo insistentemente la cabeza hacia la izquierda. Le revisé las pezuñas y tenía clavada una astilla. Se la saqué con cuidado y salieron unas gotas de sangre. A pesar de todo cojeaba, por lo que tuve que hacer noche por el camino, mala noche, pues apenas me dormía en una cuadra, en el entarimado encima de los bueyes. Me cogió el sueño muy de madrugada. No quise forzar a Blanco en la caminata por lo que nos ocupó todo el día llegar, cuando ya se ponía el sol en el Teleno.
Desde Astorga me desvié hasta la pradera de las lavanderas y la casa nueva en la que dos albañiles terminaban de retejarla. Les pregunté:
—¿Vendrá hoy el chantre nuevo?
—Los sábados se queda en el palacio del obispo porque el domingo temprano ya tiene que cantar las misas.
—¿Cuánto tiempo hace que es el chantre?
—Si estamos en mayo, y se estrenó de chantre en la misa del Gallo, pues eche la cuenta. Van pa cinco meses.
Aunque la corazonada me lo confirmaba, me aventuré a preguntarles:
—Tiene un nombre del que nunca me acuerdo antes de llamarlo —quise que supusieran cordialidad entre nosotros o por lo menos que yo fuera un admirador del Chantre.
Me informó sin hacerles más preguntas:
—Don Rechivaldo Villafáñez.
—No es Villafáñez, sino Azafayuynez —lo corregí como si en ese momento él me lo hubiera recordado.
—Eso, eso. Cada cual le llama de una manera. Tiene un apellido tan raro... Por aquí nunca se ha oído ese apellido. Tiene nombre y apellido raro pero canta como los ángeles. Retruena la iglesia entera que parece que se van a caer los tejados. ¡Me... cá! El domingo pasado, había cinco obispos oyéndolo. Yo creo que es a lo que vinieron desde Salamanca, Lugo y desde Burgos, y desde otras ciudades, a oírlo. Van a Santa María a oírlo cantar hasta los soldados que nunca van a misa. Mañana, domingo, canta la misa de mediodía. Cuando canta el “gloria”, sobre todo, la gente se queda tiesa, con los pelos de punta. ¡Me... cá! Mi mujer y yo, desde luego, no nos lo perdemos.
—A eso he venido desde muy lejos, dada la fama que ha cogido. Mañana iré sin falta a la misa de mediodía. ¡Queden con Dios, señores...!
—¡Adiós! —me respondieron en la despedida.
Paré en el camino a coger del suelo un retal de lino. Era un pañuelo de caballero que estaba nuevo. Al pasar por debajo de un nogal muy cerca de la ciudad, se me ocurrió romper un conjo y escribir con él un letrero en el pañuelo: “Peregrinos a Santiago”. Así nadie se extrañaría de nuestra presencia como forasteros. Con un poco de resina que cogí de un pino centenario, que parecía que lloraba por todas las hendiduras, estampé el letrero en la grupa de Blanco.
Cambiar las botas me urgía porque la derecha tenía un agujero en la planta y había perdido la mitad de las costuras. Todavía encontré una tienda abierta en la plaza de San Bartolomé al lado del ropulgo, que vendía de todo. Estaban cerrando pero me atendió un hombre muy serio:
—Ya estamos cerrando y tengo todo recogido —cerraba los ojos y ladeaba la cabeza—; hoy ya no puedo despacharlo.
Al verme tan andrajoso no quería hacerme caso y dos veces levantó la mirada de reojo observándome disimuladamente. No le gustaba mi aspecto.
En vez de darle más explicaciones, con unas palabras escuetas logré que me atendiera:
—Quisiera mudarme todo, de arriba abajo, para llegar limpio a Santiago —miré hacia la calle ostentosamente para que viera que dirigía la mirada a la grupa de Blanco y al letrero, a la vez que ponía encima de la mesa la faltriquera de la calderilla y tres monedas de oro.
De pronto, sin recato y sin vergüenza, convirtió la seriedad adusta en atenciones.
—A usted lo dejo yo hecho un pincho —me dijo sonriente.
Me midió de arriba abajo y de adelante a atrás con la cinta medidora. Y me dijo en cuclillas tomándome medidas hasta de las pantorrillas:
—Aquí bordamos las camisas blancas y los chalecos. Los zaragüelles los cosen las monjas con hilo de seda para que no hagan daño, los sombreros me los trae el arriero, y nunca me dice de dónde. Estos calzones son de la lana más fina y mejor teñida.
—¿Y las botas? —le pregunté inmóvil para que no se equivocara.
—¡No, hombre, no! Se ve que usted no entiende de modas. Estos zuecos que vendo no son zuecos, son los últimos zapatos con mullido de plumón entre la suela y la plantilla de badana. Son livianos, y, aunque parezcan frágiles, son mucho más fuertes y duraderos que las botas, y además no pesan. El mayor adelanto en el calzado. Además, mire usted: nada de mofo.A cualquier sitio que vaya, todo lo que sea de pieles está húmedo y mofoso. Yo tengo aquí, detrás de la tienda, el orropulgo para conservar las pieles intactas.
—Qué palabra tan curiosa —le dije. —En Roma lo llaman de una manera muy parecida, y mira que está lejos de aquí, que hay que navegar varios días, pues llaman igual que en Astorga “orriopúligo” al silo de trigo, del centeno y la cebada. Para que no se humedezcan y no les entren ratones.
—Mire, mire la suela: tres piezas de cuero de vaca cosidas a conciencia. Con estos zapatos tiene usted hasta la mortaja. Mañana, se da usted un paseo por la plaza y lo reverencia hasta el obispo.
Se atrevió a decirme, una vez que le había pagado:
—¿Qué? ¿Una promesa por haberse curado las heridas en la cara, para darle gracias a Santiago?
Le sonreí sin contestarle y le pregunté por una posada. Me contestó diligente:
—Aquí, al lado, hay una, pero tiene piojos en las camas. La más limpia... Bueno, ahora cuando cierre, lo acompaño, que está al lado de mi casa.
Durante el trayecto me fue diciendo:
—Además, por un pozo se baja a una estancia con baños de agua caliente iluminados con candiles de cera. Los baños más lujosos de todo el reino.

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En el baño intenté relajarme, ya que hasta llegar al pozo de las termas, me movía mecánicamente, como sonámbulo. Las termas eran como las de Constantinopla pero en pequeño. Quedé limpio y con ropa nueva para cenar en la cantina. Me sirvieron caldo de berzas con chorizo. Me sentía satisfecho, pero, al pensar en que tenía que matar a Rechivaldo volvía a ponerme malo como en el barco. No pude terminar el cuenco y me venían bocanadas de huevos crudos. Salí a las murallas a tomar el aire fresco y devolví la cena y los huevos, pero me quedó la mente clara para cumplir el designio.
En la cama pensé mucho en los movimientos de Rechivaldo cuando se defendía en los entrenamientos, y sabía muy bien cómo atacarlo para darle una muerte larga y segura, y que me estuviera viendo mirándole a los ojos de cerca durante una larga agonía. Memoricé todo lo que iba a decirle cuando lo tuviera amordazado antes y después de clavarle los cuchillos. Me dormí un rato y me desperté sobresaltado con el canto de un gallo. Me vino a la mente el Evangelio y me sentí traicionado como Jesucristo por San Pedro en el Huerto de los Olivos.
Me quedé dormido hasta por la mañana.
Para desayunar, me sirvió la hija de los mesoneros. Una mujer bella. Por detrás, era igual que la mesonera de Benavente, con las mismas sayas y el mismo pañuelo a la cabeza. La astorgana era más joven y se mostraba más dispuesta: con más salero. Le pregunté a ver si tenía marido, y me dijo que no, sonriéndome. Era la primera persona que no se horrorizaba con mi cara al verme tan bien vestido y con la faltriquera resonante con los metales. Supuse que el interés, y no otra cosa, la atraía.
Por momentos me descansaba la cabeza con sentimientos dispares como si estuviera metido en un paréntesis: así, me vi como un idiota, al contemplar a mi lado otra cara de mujer, pensando en estas cosas mezcladas con lo que me traía entre manos.
—Con la leche —me dijo arrugando la frente y frunciendo un gesto que enamoraba—, le pondré un bizcocho muy rico que hacen las monjas. ¡Pobrinas! Tienen un cachín de huerto que apenas les da unas cebollinas ruininas; pero la priora inventó estos dulces que los hace con manteca, miel, huevos y harina, que se chupa uno los dedos. Además de que hay que ayudarlas; están riquísimas esas mantecadas. Ahí están las cuitadinas haciendo penitencia y el obispo ni siquiera les ha hecho caso. Pero ahora ya se abastecen ellas solas vendiéndolas y con lo que cosen y las mantecadas ya viven, por lo menos. Son todas un encanto. Yo ya les digo que Dios las ayudará enviándoles un ricohombre que les levante un convento con huerta al lado, o alguien de la corte o el mismo rey incluso, quién sabe...o Don Álvaro Núñez Osorio, que lo hemos visto por ahí, que vino a ver al obispo —siempre andan con negocios de posesiones—; y ese sí que es un hombre bueno. Al oír el nombre me alteré de nuevo, ya que Don Álvaro es pariente de Gelvira, y, si andaba por allí, sería el primero que se enteraría de su muerte.
Para despejar la cabeza abotargada salí a dar un paseo por las murallas, donde me introduje entre montones de piedras y una fila de carros de bueyes aparcados. Estaban reconstruyéndolas. Llegué hasta las pozas de cal y acumulación de arenas. Había dejado a Blanco atado a un árbol, paciendo en las eras, muy por debajo de las murallas y bajé a llevarlo al reguero de la fuente romana para que bebiera. Si lo subía a la ciudad, tenía tan buena estampa con el color blanco de su pelo y las patas con pintas negras, que llamaría la atención demasiado y no quería que la gente me asociara con el caballo. Distribuí las monedas en el zurrón y lo escondí debajo de la montura. Le dije a Blanco que nadie se acercara y, si alguien lo hacía, que lo moliera a coces. Como vio que me alejaba asintió con unos movimientos de cabeza y piafó con la pata derecha.
Al cruzar la plaza, la gente me miraba al pasar hacia la catedral de Santa María, pero nadie me reconocía. Antes de las heridas de la cara, muchos astorganos conocidos hubieran parado a saludarme. Anduve despacio para llegar el último. Cuando llegué, la iglesia estaba llena; y los hombres, que siempre se quedaban en el atrio charlando, estaban todos dentro.
Abarrotada la catedral, se hizo el silencio. Sólo se oía el crepitar de los churros en las sartenes, el zius-zius del soplillo de la churrera atizando el fuego y los enredos de una mujer aderezando un puesto fuera de la tapia del recinto. Le pregunté a ver qué vendía, y fue colocando, encima de la mesa, unas bandejas de madera, mientras me decía: “mantecadas de las monjas”. Cuando le iba a decir que me vendiera una, no me dejó hablar cortándome en seco:
—Hasta después de la misa ni la churrera ni yo vendemos, porque se enfada el obispo, para que la gente comulgue en ayunas.
Leí en sus ojos lo que se callaba:
—Si no comulgas, seguro que has matado a alguien, y no te has confesado.
Después de oír el eco perdido de los primeros rezos de la misa, una voz de arcángel desgranó las notas de una melodía que salían por la puerta abierta de la iglesia y llenaron la plaza:
“Ký-ri-eeeeee, e-léeee-i-i sooonnnnnnnnnnnn”.
Lucifer se ocultaba en la voz más potente y hermosa de la persona más perversa del mundo, que no tenía derecho a gozar de aquella estima.
Entré a la catedral y me hice un sitio al lado de una columna, escabulléndome entre las gentes apiñadas, que estiraban el cuello para ver al Chantre, moviendo la cabeza a un lado y así evitar al de delante.
El “Gloria in excelsis...” fue cantado a duo por el tenor Rechivaldo y el Sochantre de barítono, contestándose mutuamente. El pueblo, engañado por las delicias del canto suspiraba al oírlo, y el eco de los suspiros rebotaba en las piedras como si los muros emitieran silbidos y bisbiseos cuando Rechivaldo intervenía. Había engordado, lo que me daba ventaja; pero al cantar, levantaba la mano izquierda exhibiendo la soltura de movimientos propios empuñando la daga. Analicé, recordando sus movimientos específicos, su fisonomía. No podía fiarme de su gordura ni de mi maña adquirida con esfuerzo, entrenamiento y aprendizaje con los mejores maestros luchadores del Temple, porque Rechivaldo había sido único con la daga izquierda por su propia naturaleza, sin haberlo aprendido de nadie, y esas destrezas naturales nunca se olvidan ni se pierden, ni siquiera de viejo. Para darle muerte lenta, lo primero que tenía que hacer era neutralizarle la izquierda con un corte en el brazo. Pensé que como había engordado, quizá, lo primero sería tratar de cansarlo.
Para asegurar su muerte tenía que matarlo en un campo lejano donde no hubiera nadie cerca. Había que seguirlo sin que se diera cuenta y aprovechar su afición a los paseos por el monte, donde, en última instancia, no pudiera pedir auxilio. Aunque la picazón de la prisa me acuciaba, me propuse, reflexivamente, darme todo el tiempo necesario. No podía cometer un fallo ni permitirme ningún pequeño tropiezo. Lo tenía a unas varas de distancia entonando el “Credo in unum Deum...” para que el coro y el pueblo de Astorga le respondieran: “Patrem Omnipotentem...”. Siguió él solo elevando el tono donde otra voz humana nunca habría llegado: “Factorem Coeli et Terrae”. En este momento la música me amansó el alma, pero no quise que la compasión me invadiera, porque en los momentos importantes de la vida, siempre tienta la zozobra. Y recordé los dolores desesperantes en la cara, y las punzadas con los alambritos y las tenazas, la mazmorra en Khor Virap y la desesperanza adobada con la angustia de verme irremisiblemente muerto de hambre, lo más insoportable; y lo que definitivamente me rehizo en mi propósito: haber prostituido a Gelvira.
“Visibilium omnium, et invisibilium”
“Creador de todo lo visible y lo invisible”
Hacía ya tiempo que no creía en nada, pero al oírle cantar esta frase del Credo, le dije a Dios que él sería el autor de lo que sucediera, lo viera yo o no lo viera.
Después de la misa, la muchedumbre esperaba a que saliera, disputándose el turno para besarle la mano. Las madres con sus hijos reclamaban los primeros puestos como si los niños tuvieran más derecho. Rechivaldo extendía ambas manos a los lados y marchaba majestuosamente sonriendo embozado con una capa negra a la que hacía ondear el aire al brillar el forro de seda y con sombrero elegante como los de la corte. Disimuladamente las retiraba si el niño tenía mocos, para dejárselas besar a otros más limpios. Entre los hombres y las mujeres me fui acercando a besarle la mano para verlo de cerca. Me miró y no me reconoció. Después de hacer un amago de beso me hizo una reverencia como si reconociera en mí a una persona distinguida pero quedó muy sorprendido con mi cara atravesada, el labio inferior descolocado, con los párpados caídos y la nariz ladeada. Me dio confianza el tocarle la mano con mis dedos. Ya cerca de las murallas, llegó el turno a las muchachas que le cortaban el paso y él las bendecía una a una y les hacía una caricia en la cara antes de ofrecerles el anillo de Chantre para que se lo besaran. Cuando terminó el goteo de personas, marchaba él solo flotando, llevado por el viento hasta una carreta tirada por un mulo camino de las murias de las lavanderas. Yo lo seguía desde lejos. Llegué hasta Blanco y los dos bebimos agua para guardar fuerza. Ocultándome entre los árboles y retrocediendo de vez en cuando, como si anduviera paseando al caballo, lo fui siguiendo una legua hasta su casa. Sería mejor dejarlo que comiera. El sol aplastaba y no había nadie ni se oía nada, ni pájaros ni chicharras. Ni siquiera salían las lagartijas entre las piedras de las tapias. El silencio era absoluto a esas horas del mediodía y absoluta la calma del río, que parecía quieto y remansadas sus aguas trasparentes.
Esperé a que comiera para pillarlo con la barriga llena.
Merodeé alrededor de la casa y recorrí el terreno andando. La mitad de las murias ya estaban allanadas. Tendría que llevarlo hacia los cienos y los cascajos, que era donde, con mayor facilidad, podía tropezarse.
Até a Blanco a la sombra de un árbol para que presenciara la pelea y fuera el único testigo de la muerte de Rechivaldo.
Echaba de menos a Áureo al que hubiera dejado suelto, porque en caso de peligro se hubiera abalanzado contra mi adversario, sin nadie decirle nada, para aplastarlo con los cascos.
Cuando me disponía a llamar a Rechivaldo por su nombre para que abriera la puerta, preferí dar unas palmadas y así no dejar ni una oportunidad al acaso. Pudiera ser que, aunque pareciera lo contrario, antes hubiera alguien dentro de la casa, una sirvienta o una barragana por ejemplo. Pero, al dar un golpe en la puerta, contestó muy rápido a voces:
—¿Quién va?
—¡Un peregrino! —le contesté falseando un poco la voz, por si acaso, para que no la identificara.
Se oían sus pasos, dentro, bajando las escaleras. Me quedé en camisa y empuñé una daga para clavársela nada más que saliera sin darle tiempo a nada. Pensé cambiar la táctica. No podía arriesgarme a darle muerte lenta porque le había visto las manos, y, al verlo de cerca, no era tanto lo que había engordado.
“En los momentos importantes de la vida —recordé una enseñanza del Temple— , siempre se titubea, pero hay que seguir recto el camino emprendido”.
Abrió la puerta y sacó el brazo para darme su trozo de pan mordido y la manzana que estaba comiendo. Me reconoció al momento boquiabierto y espantado como el noble que había amagado besarle la mano.
Miró la daga, soltó el pan y la manzana y, de golpe, cerró la puerta por dentro con un resuello; todo en un instante.
—¿Quién sois? —gritó—. Me trató con plural mayestático como a las autoridades.
—¿No me conoces? —le dije.
—¡No! ¿Qué queréis hacer con esa daga en la mano?
—¡Rechivaldo, hijo de puta, voy a matarte!
Le dije lo mismo que cuando huyó por el monte con el oro y la mitad de los pergaminos dejándonos en el más desolado de los abandonos. Al no reconocerme, supuse que entonces no me había oído. Zozobré por un momento, por si acaso me estaba equivocando, pero volví a recordar la enseñanza del Temple: “En los momentos difíciles suele asaltar la duda. Hay que seguir adelante”
Lo llamé de nuevo:
— ¡Rechivaldo! ¡Hijo de la gran puta! No te guardes en casa. No te valdrá de nada porque esperaré hasta que salgas.
Abrió la puerta con una daga en la mano diciendo:
—Insultar a mi madre no te lo consiento. ¿Quién eres que no te conozco? Hace muchos años que no mato a nadie, pero no te equivoques que no sabes con quién tratas.
Cuando vio que yo tenía una daga en cada mano, cerró la puerta de súbito por dentro. Al momento, abrió con cautela y apareció también él con sendas dagas en las manos.
Quiso sorprenderme y dio un salto que esquivé rajándole la manga.
—¿No me quieres decir quien eres?
Estábamos frente a frente, en cuchillas, observándonos. Me observaba él a mí para darme su cuchillada preferida. Pero no atacaba porque veía que defendía mi izquierda sin bajar la guardia y sólo daba lanzadas con la derecha. Intenté acosarlo para llevarlo a las murias a ver si tropezaba o se resbalaba andando hacia atrás, pero no lo conseguía, porque incesantemente saltaba en su ataque propio, por el que era temido.
Le hice retroceder hasta el primer montículo por su izquierda y cuando se vio acosado y resbalando, se lanzó desbocado y me llegó con la punta al hombro derecho. Al esquivarlo pisé un palo y trastabillé, por lo que volvió a la carga girando como un perro contra un lobo torciendo el espinazo. En esta embestida no se libró de un corte en el costado. Sólo le deshice la camisa; no le llegué al cuerpo. Sudaba Rechivaldo como un cerdo el día de mi santo. Y cuando se movía sin levantar los pies con las dagas en ristre me decía:
—¿No vas a decirme quien eres? ¿Voy a matar a un desconocido solo por haberme sorprendido? ¿Quién eres, por Dios, quién eres?
—¿Estoy tan desfigurado que no me conoces?
Al oírme decir esto, me miró a los ojos y se quedó parado. Me conoció la voz y relajó los hombros. En ese momento me lancé al corazón directamente y me esquivó con su izquierda mágica. Sentí un dolor agudo en el codo.
—¿Martín Castriello? ¡Martín! ¿Quién te hizo eso en la cara? ¡Párate quieto, por favor! ¡Tira las dagas, no me obligues a matarte!
Empezó a llorar como un cobarde. Volví a lanzarme y me esquivó con otro salto.
Seguía jadeando:
—Te hubiera herido ahora. ¿No te das cuenta de que no he querido? Párate, por favor, y tíralas al suelo, que tengo que explicarte muchas cosas. ¿Dónde has estado metido tanto tiempo?
Logré llevarlo hacia atrás a otro montículo. Me decía:
—Tiraré yo las dagas si me haces una promesa.
Sollozaba como una plañidera y no cesaba de intentar engañarme con mil argucias derramando lágrimas pero amenazándome constantemente con las dos dagas:
—Ya que tú no confiarías en mi palabra, yo sí confío en la tuya totalmente. Recuerda que la palabra de Martín de Castriello, siempre dijiste que valía más que cincuenta firmas de notarios y yo siempre te creí cuando nos lo asegurabas vehementemente. Arrojaré lejos de mí las dagas si me prometes arrojar las tuyas después de que yo lo haga. Dímelo, por favor. Dime que las arrojarás después de que yo las haya arrojado primero.
Tenía clavados en mí sus ojos de traición y desconsuelo.
Parecía cansado porque relajaba los brazos, y yo aprovechaba sin éxito otra cuchillada. Efectivamente no estaba tan gordo como aparentaba desde lejos y no podía alcanzarlo de momento. Pero ya parecía muy cansado. Tenía que insistir para agotarlo. En un momento en que bajó la guardia por la izquierda, su lado fuerte, me abalancé sobre el corazón como único objetivo para atravesarlo sin escapatoria y no sé qué hice mal, que hizo saltar mi daga derecha por los aires. Me dolió el brazo como si me lo hubiera tronzado, pero fue un golpe. Retrocedí unos pasos y comprobé que no me había pinchado. Ni una gota de sangre había derramado. En un instante de descuido, cuando lo estaba comprobando, me vi en el suelo con él encima aplicándome su llave maestra, con tal dolor en el otro brazo que me hizo soltar la daga sin poder recuperarla. Soltó una daga y me agarró los testículos. Quedé inmovilizado sin poder responderle. La otra daga me la puso en el cuello para que no me moviera.
—¿Dónde has estado estos dos años? Te di por muerto. ¿Qué fue de Roderico y de Matalobos y de Cerecinos?
Yo no podía contestarle por el dolor tan inmenso. Aflojó la mano para que le contestara pero no quise contestarle. Y siguió diciéndome con llanto entrecortado:
—Después de fracasar en el intento de llevar los pergaminos ante los tribunales, tuve que salir huyendo y os busqué por todas partes. ¿Qué ha sido de los otros? Gelvira me dijo que no podía revelar su paradero porque la persecución a muerte seguía viva.
—Roderico está vivo en el convento —le dije—; y de Matalobos y Cerecinos no he sabido nada. ¿Por qué no llevaste los pergaminos a los tribunales?
—En Burgos —aseveraba sin soltar mis brazos— eché en falta la mitad de ellos. O los perdí o alguien me los había robado. Cometí un error tremendo, lo confieso: no confiar en vosotros y creer que yo solo podría solucionar la continuidad del Temple.
—¿Y el oro? ¿Qué hiciste con el tesoro del Temple? —le pregunté inmovilizado.
—Cuando volví y no encontré a nadie, fui a ver a Gelvira al molino y me contó lo vuestro, y que tenía un hijo tuyo. Aunque no pude salvar el Temple, le dejé el oro y los pergaminos para que pudiera cuidar a tu hijo y si apareciera la otra mitad de los pergaminos salvar lo que se pudiera de nuestra Orden, porque la mitad de los pergaminos solamente no vale para nada.
Me soltó despacio y tiró la daga muy lejos. A mí, se me vino el mundo encima. Me conmocionó saber que el niño era mío y no pude seguir haciendo fuerza. Lo vi desde abajo: una efigie compungida con el intensísimo azul como fondo. Se levantó mirándome desde arriba y me decía:
—Ya me ha dicho Gelvira que de niños os prometisteis amor eterno, el amor más bello. Las promesas de niños son las más válidas y las más eternas porque son sinceras.
—Al morir en mis brazos leí en sus ojos que quería recordarme la promesa que le hice de no matar a nadie en la vida y que yo no había cumplido. Cuando vi el oro y los pergaminos en el vasar del molino pensé que me traicionabais. Mátame Rechivaldo, clávame la daga que no quiero seguir viviendo.

Abrazados, no pudimos contener el llanto más amargo y desesperado, llorando como niños.




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